Aconcagua 2009 – Atrapando un sueño!

agosto 4, 2009

Cuando por primera vez allá por el año 2003 la mire a los ojos, apenas perceptible, aquel sueño comenzaba a jugar con la verdad. Había llegado hasta ahí en un paseo turístico con amigas.  Y aunque no subía montañas aún, jure que un día pisaría esa cumbre. Quizá fue entonces cuando decidí vivir apasionadamente las alturas…Quizá fue allí que por fin me cite verdaderamente con aquellas cimas… esas que desde niña habían llamado mi atención…esas que cada vez me invitaban intensamente hacia arriba.

No fue hasta unos tres años más tarde que fui por mi primer montaña, y entonces el  eco de Aconcagua se hizo cada vez más autentico…más cercano, más real.

Culminaba el 2008 y lo hacia de una manera increíble. Estaba viviendo un sueño.  Me sentía tan plena…tan feliz. Ese 2 de enero de 2009 cargué mi abultado petate hacia la estación de ómnibus y  partí junto a mis compañeros de aventura hacía un firme y ansiado objetivo: la cima más alta  de América. Aunque era la primera vez que iba por ella,  no sentía miedo. La respetaba  pero sentía una absoluta seguridad, estaba preparada. En lo más profundo de mi sentía ya esa brisa de la cima.

Llegamos a Mendoza y sin  perder demasiado tiempo,  partimos en la camioneta de siempre hacia Penitentes en donde pasamos la primer noche. Allí ultimamos los detalles de nuestros equipos y  de la organización de una expedición que prometía. Esas líneas intensas hacía el cielo me recibían con la pasión de siempre. Yo estaba tranquila y feliz. Cada instante podía percibirla más y más cerca.

En la mañana del 4 de enero ingresamos por fin al Parque Provincial Aconcagua. Presentamos nuestros permisos de Ascenso en Guardaparques y nos sumergimos en su mundo. Me invadía una energía tan pura…una fuerza tan inmensa…una alegría tan plena. Allí estaba otra vez frente a mi, cara a cara…pero esta vez iba a abrazarla y lo sabía.

Caminamos hacia Confluencia para acampar esa primera noche en la altura. Los controles médicos de rigor informaron que mi cuerpo se adaptaba de manera excelente a sus retos. Y aunque no todos estaban en igual situación, éramos un grupo fuerte.

En la mañana siguiente partimos temprano. Era tiempo de atravesar Playa Ancha… Allí, un extenso camino de meditaciones profundas y pensamientos intensos se abría hacia el cielo.

El centinela nos invito a una tormenta y  pudimos vislumbrar ya desde allí las dificultades de un mal clima,  pero confiábamos en sus nubes pasajeras corriendo al ritmo del viento…Sin embargo la nieve comenzó  a caer.  Acampamos a mitad de camino para el día siguiente continuar  hacia Plaza de Mulas, esa “ciudad” de altura…el campamento base de mi sueño.

Llegamos temprano, armamos las carpas y esperamos al resto, mientras las nubes ya traían noticias difusas de un conocido accidente. Así nos daba la bienvenida este Aconcagua:  Un grupo de Italianos había equivocado el camino al volver de la cumbre con un guía Argentino. La cantidad de muertos y los detalles de aquel accidente que hacía aún más denso el aire en las alturas, eran difusos, inciertos. A todos nos invadía una extraña sensación, pero yo no sentí miedo. El clima empeoraba pasado el mediodía mientras los días opacaban el sueño de inquietos montañistas. Se dificultaba cualquier intento de rescate pero se sabía que desde arriba, alguno de ellos informaba sobre su posición y el estado del grupo; estaban vivos. Del guía ya se decía que padecía edema y que no se salvaría. Una Italiana había fallecido y el resto aguardaba la caricia de un milagro. Entonces, aunque el clima no daba tregua, el rescate comenzó a sentirse en la ladera de la cumbre más alta de América. Muchos preparaban equipos y se embarcaban en un agotador y exigente intento de bajar a alguno de ellos con vida.

Nuestro grupo se desanimaba y era momento de moverse, caminar en la altura para favorecer la aclimatación.  El médico que me examinó confirmó mis perfectas condiciones, pero para algunos los  oximetros no eran tan generosos. Mientras nuestros corazones agitados no dejaban de latir al ritmo de aquel rescate multitudinario, caminamos hacía la cumbre del Bonete.  Cruzamos penitentes, anduvimos a buen ritmo y alcanzamos la cima antes de que comenzará a nevar. De regreso el clima se endureció otra vez y decidimos regalarnos un momento de pizza y calor en el hotel. Dos montañistas que buscaban abrazarse a una estufa habían descendido sacrificando la cumbre de Aconcagua debido a las condiciones climáticas. Uno de ellos  no tenía ninguna intención de volver a intentarlo; había sido durísimo. El otro aún albergaba la esperanza de otra oportunidad.

En medio de la nieve y empujando aquel viento, partimos hacía el campamento. A lo lejos, en la ladera, podíamos ver el esfuerzo de esos hombres que iban hacía quienes muchisimos metros más arriba, luchaban por su vida. Y cuando se hizo la noche, fueron linternas pintando una oscura montaña de un color que era ilusión, angustia y esperanza.

Fui a la  carpa de servicios de siempre (uno de los únicos teléfonos del base), pero tuve que esperar largo tiempo afuera, con mucho frío. Adentro una Italiana miembro de la expedición accidentada que se había bajado del intento de cumbre y desconocía la situación de sus compañeros y amigos, se comunicaba con su país. Había sido atendida de urgencia en Mulas y se encontraba bien aunque su rostro frío y preocupado me contaba de sus miedos y su experiencia allí, en el sitio hacia el que yo me dirigía.

Con las fuerzas intactas y el sueño en carne viva, jamás se cruzo por mi cabeza dejar de intentarlo. Debía respetar la montaña, si, pero estaba decidida: iba a ir por ella.

Quise saber si ya por aquí algo se decía. No quería preocupar a los míos  y  sabía que para ellos saberme arriba era miedo… y más la certeza de que no claudicaría.

Retrasamos dos días nuestro itinerario. Ningún grupo intentaba la cumbre y nos preocupaba abrir huella a 6700 metros de altura, pero era una idea que no descartábamos; tampoco el salir hacía la cumbre a las diez o doce de la noche para alcanzarla antes de que nos corriera el enfurecido clima. La espera se hizo eterna y silenciosa. Para mi que estaba en condiciones de subir, los días guardada en la carpa comedor de plaza de mulas parecían no tener fin. Los rescatistas habían bajado al primer italiano con vida e iban por más. El clima continuaba empeorando después del mediodía. Habíamos porteado algo de equipo al campamento 1 y aguardábamos inquietos. El helicóptero se movía  agitado y su  ruido traía amarguras y esperanzas desde arriba. Dos Italianos más habían sido rescatados, y aunque con congelaciones, se encontraban increíblemente fuera de peligro. El guía había fallecido. Nada se sabía de la otra Italiana. El rescate se vivía en la montaña como un verdadero milagro.

Al día siguiente por fin partiríamos cuesta arriba. Había llegado ese tiempo.. ese tiempo  en que acariciaría mi sueño de esos días.

Y comenzamos a andar hacía el campamento uno. Aquel 14 de enero varios grupos habían decidido comenzar a caminar, esperando que el clima se abriera aunque más no sea por un instante para dejarnos alcanzar el mismo objetivo.

Con mi pesado equipo a cuestas partí el día 15 hacia Berlín. El último campamento. La subida se hacía cada vez más difícil y por momentos las nubes y la nieve endurecían nuestro anhelo.  Nos empujábamos con fuerza hacía arriba. Llegamos bien, aunque cansados. Y al rato ya estábamos felices y recuperados. Nos alimentamos, nos hidratamos, mateamos y derretimos nieve, mientras esperábamos a los que venían bastante más atrás. Temprano fuimos a dormir. El frío era intenso y  el campamento se sumergía en el miedo de una noche a esa altura… Quizá la tranquilidad de haber dormido ya antes alto a mi me dejaba andar un poco más tranquila. Me sentía bien. Y pensaba en esa piedra que te había prometido.

Pase una buena noche  pero desperté algo engripada. A las cuatro de la mañana habíamos acordado comenzar a caminar hacía la cumbre. Desayunaba y el calor del mate cocido mejoraba mi garganta  mientras afuera un fuerte viento levantaba algunas dudas. Yo me sentía inmensamente feliz… como quien camina el camino que le es propio…como quien se arriesga y se esfuerza por alcanzar un gran sueño… Ese era mi sueño y yo estaba cada vez más cerca de hacerlo realidad; lo estaba haciendo vida. Sabía que sería duro; Que la montaña era una antes y una después del último campamento. Ahora comenzaba la gran prueba… Pero estaba lista. El día más exigente…el gran día comenzaba a vibrar.

Hasta el refugio Independencia el andar fue tranquilo, excepto por algunos entredichos y desacuerdos en el  grupo.  Pero aquel momento tenso de la madrugada  paso sin dejar huella y el clima se hizo amigable  por primera vez.  Al costado del refugio nos hidratamos y comimos poco. Nos colocamos los grampones y partimos. Y aquí comenzaba nuestra osadía.

Del otro lado nos esperaba el larguísimo Portezuelo del viento. Caminábamos dándonos fuerza unos a otros mientras esperábamos que por fin nos iluminara algún rayo de sol. Los dedos dolían por el frío y el agotamiento se hacía sentir. Nuestras almas se invadían de emoción, pero nuestras mentes no podían dejar de pensar en esa temida canaleta que nos esperaba aún más arriba. Yo intentaba estar en ese momento, plenamente,  en cada paso, en ese instante, sin atormentarme con lo que vendría más allá.  Por momentos dejaba andar mi cabeza y pensaba en aquellas personas importantes para mi, en mi vida, en mis sueños, mis recuerdos. Andaba profundo…más profundo cuanto más alto.  Una y otra vez te hacías parte del ascenso y descansando en vos, en mi familia, en mis amigos,  podía continuar. Y así, con fuerza y esfuerzo, llegue al pie de la canaleta.  En aquel sitio nos reunimos solo aquellos que continuaríamos hasta el final. Y poco tiempo después de que llegará el último fuimos por ella. De a diez pasos y con algún corto descanso, fuimos sorteando también aquella parte del camino. Cuando por fin la subí me sentía cansada; Levante la vista y vi esa cumbre que estaba más cerca si, pero desafiante y  aún distante pareció por primera vez difícil de alcanzar.  El filo del Guanaco aguardaba quieto y lo mire sin poder moverme. Un guatemalteco que bajaba me alentó y mirándolo a los ojos, y viendo en ellos su ilusión y su alegría, supe que iba a lograrlo. Sin pensar demasiado  di vuelta y llorando, con los ojos llenos de lágrimas, invadida por una emoción fuerte e intensa, camine y camine dejando mi huella para siempre marcada en  ese  último tramo hacía mi sueño. Recién cuando abracé la cruz del Aconcagua pude dejar de llorar. Una sensación de libertad plena se hizo sangre en mi sangre… y reí. Aún éramos pocos allí arriba. El 16 de enero a las 13.31 horas  se había hecho realidad mi sueño…

Después de fotos y abrazos, lágrimas y risas, me senté algo apartada. Quería estar conmigo misma allí arriba. Quería alcanzarme y alcanzarla y alcanzarte… quería vivirlo todo. Ese momento era único…único y real. Junté tu piedra. Junté la mía. Y me deje llevar. Mucho pudimos disfrutar de esa cima. La montaña nos abrazo…nos dio por fin un hermoso día.

El momento de bajar llegó y debíamos concentrarnos mucho. Gran parte de los accidentes ocurren en el descenso y es fácil comprender el por qué: el cuerpo esta exhausto, agobiado… la mente cansada…Y ahora solo se piensa en llegar al campamento. La alegría de la cumbre en las manos empuja un poco, pero las piernas ya han hecho un esfuerzo grande. Duelen las rodillas y los gemelos, y aunque  las ganas de llegar y gritar a quien pueda escucharte que has alcanzado la cima son muchas,  la cumbre habrá sido un éxito cuando por fin hayas logrado llegar de vuelta a la carpa. Iba adelante de un grupo grande y los llevaba bien. Bajamos la canaleta y cruzamos mucho más rápido el portezuelo del viento que a la ida.  El aire parece si estar ingresando al cuerpo cada vez un poco más.

Todos llegamos bien a Berlín y en algunos minutos yo me sentía recupera y enérgica. Estaba completamente feliz. Espere a que estuvieran todos de regreso, mientras nos organizábamos pues el Colo debía descender en ese mismo momento debido a complicaciones en la altura.

Casi nadie comió esa noche, pero dormimos. A la mañana siguiente desperté muy temprano en medio de un terrible viento. El clima había vuelto a empeorar. Me di cuenta que estaba brotándome sin cesar y tuve que moverme de prisa muy a pesar de las intensas ráfagas. Mi compañero de carpa me ayudo con el equipo y el medico del grupo me aplico un Decadron, mientras desde abajo  me pedían que bajará urgente. Casi corriendo y sin detenerme baje, luchando contra el viento y con la nieve, los muchos metros que me separaban del campamento base. Cuando llegue  el corticoide había mejorado mi estado y solo quedaban pocas ronchas, que se fueron con el correr de las horas.

Me sentia realizada y feliz…plena e inmensamente libre. Porque  es esa la sensacion de haber vivido un verdadero sueño.

Llullaillaco. El volcán sagrado de los Incas

junio 7, 2009

Llullaillaco. El Volcán Sagrado de los Incas. 6739 m.s.n.m.

Vacilando y aún desconociendo a que recóndito lugar del planeta me llevarían esas palabras, acepté aquella propuesta. Deseaba estar en la montaña. Volver y volver.  Solo esa sensación era cierta, real, conocida. Quería sentir la libertad de esas inmensas figuras rozando mi piel. No importaba el lugar, el clima, el desafío. Había dicho que si.

El Llullaillaco y un invierno en la puna salteña. Y cómo llegar. A dónde dormir camino al campamento base. La aclimatación. El equipo.  Los Incas. Aquellas momias. La ruta arqueológica. Nuestro camino. El tiempo transcurría de prisa mientras nos hacíamos de toda la información necesaria para los días de aventura que nos estaban aguardando inquietos allí en donde el viento sopla y gira al golpear con ese solitario y místico volcán.

Solicitando los permisos de rigor y por medio de la directora del MAAM (Museo Arqueologico de Alta Montaña) hicimos contacto con un grupo de gendarmes que se ofreció a estar a nuestra disposición ante cualquier inconveniente, además de proponernos compartir el ascenso. En tan desolado sitio era esta una excelente propuesta y una buena y única posibilidad de comunicación. Concordamos entonces nuestro encuentro en el campamento base con tres de ellos, previo contacto en San Antonio de los Cobres

Pocas veces había estado en las montañas durante el último año y nunca había ido por una expedición hacia una cumbre de más de 6.000 metros de altura.  Y esa falta de experiencia se abrazaba a unas alocadas  ganas de aprender aún más del misterio de esas cumbres de las que ya tanto había aprendido… Ir más allá para sentirme más y más cerca; Andar más alto para sentir aún mucho más profundo.

Un poco más tarde de lo inicialmente planificado, y  luego de altas y bajas en el grupo, partimos finalmente Adrián, Marcelo, Alcides y yo   rumbo a Salta capital.  Todo estaba ya organizado pero el destino esperaba por nosotros impaciente con un único plan: romper con lo establecido.

Un calido sol nos recibió en Salta. Si, la linda! Dejamos nuestro abultado equipo en un hostel del centro en donde pasamos aquella noche de sábado: cuatro petates, mochilas de mano, un tubo de oxígeno y 2 barriles para transportar más de 120 litros de agua hacia el campamento base debido a que no es posible obtenerla en aquel remoto y poco accesible sitio situado en el corazón del desierto de Atacama. Luego de adquirir las provisiones necesarias para llevar a cabo nuestro objetivo fuimos por un breve recorrido turístico que incluyo una visita al MAAM. Allí comenzamos a sentir nuestros días en la puna. Nos empapamos de la historia de esos niños de otra época y aquellos ritos. Los vimos…sus pequeños cuerpitos momificados desafiando el paso de los años. Observamos cada ajuar. Y mientras nos sumergíamos en la vida de aquella grandiosa civilización incaica e imaginábamos las ruinas que pronto atravesaríamos, repasábamos y fijábamos cada detalle que podría sernos de utilidad en esa “ruta arqueológica” hacia la cumbre.

Antes de la cena nos reunimos con la persona a quien habíamos contratado para que nos trasladara en un vehiculo 4×4 adecuado hacia el pie del volcán, allí nos dejara y nos fuera a buscar en la fecha acordada. Nuestra relación con él empezó mal y termino mucho peor. No vino solo. Lo acompañaban el dueño de la camioneta y un montañista salteño. En aquella breve reunión nos trato poco menos que de inconscientes e inexpertos. Quizá con el afán de vendernos algo más que el servicio que ya habíamos pagado nos hablo de la locura que nos traíamos en mente y, mostrándose atento y preocupado, nos cambió al chofer por el montañista experimentado que se quedaría todo el tiempo con nosotros. Le hicimos saber que solo necesitábamos el transporte y llegar a destino oportunamente aunque no nos opusimos pues una persona conocedora de la zona y con experiencia en montaña y un vehiculo permanente parecían una buena opción.

A la mañana siguiente nuestro experto chofer, Matías, paso a buscarnos en una Nissan Patrol roja que anduvo sin inconvenientes poco más de media hora. Apenas pasado ese tiempo, en medio de la Ruta Nacional Nro. 51, comenzó a recalentar y tuvimos que detenernos. Y luego otra vez y otra más. Hacia calor. Marcelo dejo por un momento su cámara fotográfica para socorrer al chofer que sabía mucho de montañas pero poco de mecánica. Mientras tanto Adri nos convidaba galletas y queso y yo iba por agua para la camioneta con la ayuda de Marce. Llegamos así, lentamente, entre paradas y paradas, a Santa Rosa de Tastil, un pequeñísimo pueblo ubicado entre la Quebrada de las Cuevas y la Quebrada del Toro, a unos 3.200 m.s.n.m..Allí finalmente la camioneta se detuvo. Bajamos nuestro equipo y conversamos con la gente del lugar. Nos ofrecieron comida y un lugar para dormir, evitándonos así acampar.

Matías partió rumbo a Salta en busca de ayuda y con la intención de regresar en la mañana siguiente. Nosotros probamos unas ricas empanadas salteñas y salimos a dar un paseo por las ruinas arqueológicas de Tastil. Era necesario para nuestra aclimatación que comenzáramos a movernos.

Durante la noche, en la oscuridad de aquel salón, me sobresaltó un fuerte estruendo. Alguien golpeaba con fuerza la puerta, algo descarriado…quizá ebrio. Mientras intentaba adivinar que ocurría allí afuera, respiraba ondo intentando volver del susto que me había dado. Los chicos continuaban sumergidos en su mundo onírico apenas percibiendo tal bullicio, pero a mi me costo bastante volver a conciliar el sueño. Se sucedieron los minutos y las horas y por fin la noche volvió a callarse y, deambulando en ese profundo silencio, volví a dormir.

Despertamos temprano y ocupamos las mismas sillas y esa misma única mesa en aquella única calle de Tastil, que la tarde anterior. Y esperamos. El único teléfono del pueblo no funcionaba y jamás había habido señal de telefonía celular. Esperamos sin nada que hacer más que esperar, pero la camioneta no apareció. Nuestro plan de aclimatación era bien preciso en esos primeros días pues no sobraba el tiempo. Debíamos subir a dormir a San Antonio de los Cobres a unos 3.700 m.s.n.m esa misma noche y así lo hicimos. Cargamos todos nuestros petates en un micro de línea y partimos. Llegamos pasado el mediodía, buscamos un hostel y un lugar para comer. Marcelo se contacto con el señor de las camionetas y luego fue en compañía de Alcides a informar a los gendarmes de nuestra llegada y combinar los horarios, pero nadie más iba a subir con nosotros: nuestro contacto estaba de licencia por un imprevisto familiar. Volvíamos a ser cuatro.

Por la tarde apareció Matías pero esta vez con una Toyota verde carrozada sin portaequipajes. Las posibilidades de que nuestro equipo completo entrase en aquel vehiculo eran mínimas pero era lo que había y de alguna manera lo resolveríamos durante la próxima mañana. Recorrimos San Antonio de los Cobres, compartimos una rica cena y volvimos al hostel. Me fui a recostar mientras en el comedor los chicos viajaban por las muchas montañas del mundo por las que algún día habían andado Adri y Matías.

Despertamos y con esfuerzo y algo de maña cargamos la camioneta. Aún los barriles andaban vacíos y facilitaban la tarea. Íbamos un poco apretados pero íbamos.

La intención en aquel día era caminar un poco por la altura para favorecer nuestra aclimatación, así es que nos detuvimos en medio del recorrido y pateamos un rato. El camino precioso, se abría entre montañas y salinas. Verdaderamente impresionante!

Por la tarde, siguiendo la ruta 27 y más allá del Salar de Pocitos, llegamos a Tolar Grande, el último pueblo en el que habíamos planificado dormir. La altura no varia demasiado respecto a la de San Antonio de los Cobres pero ya estábamos si más cerca de nuestro objetivo. Dormimos en la habitación de una casa de familia en aquel pueblo alejado y silencioso en el que algún teléfono lleva y trae todos los saludos y las noticias, aún no terminan de colocar la antena para celulares y la luz solo se mantiene encendida hasta la medianoche. Un grupo de mendocinos trabajaba en estudios geológicos por aquel entonces y la gente del lugar vivía al ritmo de las minas. El “tío” Marce disparaba sus flashes. Yo conversaba con los niños. No faltaban los mates y los cuentos. Un gran momento!

Por fin partíamos, luego de un abundante desayuno, hacía la nada misma. La idea para éste, el cuarto día, era buscar un sitio para dormir a unos 4.200 m.s.n.m. Nos vimos obligados a dejar los barriles cargados de agua en Tolar. Matías volvería por ellos.

Seguimos andando por salinas y caminos de montaña. Vimos unas pircas, luego otras pero avanzamos un poco más. Dejamos atrás Caipe y entonces, un poco más allá, apareció frente a nosotros una increíble estación de trenes abandonada en la que aún podían sentirse las vibraciones de otros días: Chuculaqui. Abandonada pero viva fue un lugar de privilegio para aquella noche en la montaña. Esas oficinas de algún tiempo nos albergaron, nos protegieron del viento. El sol continuaba brillando fuerte. A lo lejos unos improvisados arcos de futbol a medio caer traían el eco de un partido viejo. Las vías. Los carteles. Nuestros sueños.

Armamos las carpas dentro de las habitaciones. Recorrimos. Observamos. Anduvimos. Pasamos el tiempo. Toda esa energía era buena. La absorbimos. La noche era estrellada y tranquila. Descansamos bien a pesar de nuestra ansiedad y de la altura.

A la mañana siguiente Matías vino por nosotros temprano acompañado por un guía de Tolar Grande a quien no habíamos contratado. Para poder trasladar todo nuestro equipo a la base del Volcán Sagrado de los Incas eran necesarios dos viajes. En el primero partimos Adri, yo y casi todo los petates, comida y barriles de agua. A Marcelo, que pasaba su primera vez a esa altura, le vendrían bien algunas horas más en movimiento allí por los 4.200 m.s.n.m.

Comenzamos a andar esos caminos áridos y vacíos. Varias huellas se abrían a nuestro paso y en todos los sentidos. Íbamos por una ruta aunque cuesta creer que lo fuera (no recuerdo su número). Veíamos al Llullaillaco asomar erguido y desafiante. Bordeamos inmensas salinas… subimos. Debíamos ir rumbo al campamento base de la ruta arqueológica, a 4.900 m.s.n.m. Un poco más abajo Matías se detuvo indicándonos que habíamos llegado. Nuestro GPS no decía lo mismo así que le pedimos que continuara subiendo. Anduvimos un poco más, entrecruzamos opiniones y aunque nuestro punto de GPS no coincidía con ese sitio, ambos lugareños insistían en que nos encontrábamos a escasos metros del campamento. Esa camioneta no podía subir más y ya habíamos alcanzado unos 4.980 m.s.n.m. Tan convencidos estaban que desconfiamos de nuestro waypoint y allí nos quedamos. Ellos pegaron la vuelta y con Adrí nos miramos, recorrimos con la vista nuestro inmenso alrededor, desolado, vacío; observamos nuestro equipo y comenzamos a andar en busca de algún lugar reparado para acampar. Poco había, pero a unos cien metros encontramos una piedra que pareció oportuna; mas cuando terminamos de armar la carpa, el viento que ya soplaba bien fuerte cambio su rumbo y nos dejo algo expuestos, sorteando los petates que habíamos utilizado para repararnos. Estaba bien de todas formas y allí nos quedamos. Con esfuerzo trasladamos el resto de los bultos y nos metimos en la carpa. La intensidad de ese momento golpeo profundo en mi interior. Estábamos allí, por fin, rodeados de una inmensidad tan infinita, tan solitaria. El ruido fuerte del viento alcanzándolo todo, acariciando cumbres y tierra. El caluroso color de las piedras. Montañas silenciosas, libres.

Para los chicos tampoco fue fácil encontrar un buen lugar para dormir, y el viento los complicó bastante al momento de armar su carpa. Les rompió una varilla que afortunadamente pudo ser reparada con una especie de protección y se mantuvo firme y en pie.

La camioneta ya se había ido y allí estábamos. Nos quedamos absolutamente solos. Nos teníamos tan solo a nosotros mismos y así sería durante varios y largos días. Una sensación hermosa recorrió mi cuerpo. Una libertad tan profunda….tan auténtica. No meditar en esas montañas hubiese sido imposible. La Nada… Todo.

Dormí bien esa noche, aunque no demasiado. Necesitaba moverme, cansarme para dormir más. Estábamos alto y hasta ahora nos llevábamos bien con la altura. Sabíamos que un día más a unos 4.200 metros hubiese sido oportuno, pero por el momento no lo sentíamos. Solo Marcelo había tenido un leve dolor de cabeza, aunque nada de que preocuparse.

Para el siguiente día no había planes. Solo estar allí, a esa altura y aclimatar. Salimos con Adrián a dar un paseo que hicimos más largo y más alto de lo previsto. Nos sentíamos bien, muy bien. Yo había dormido por primera vez a casi 5.000 metros y mi cuerpo respondía sin inconvenientes. La alimentación y la hidratación eran buenas. Descansamos. Mateamos. Disfrutamos y Dormimos.

Despertamos en una ventosa y soleada mañana. Dudamos, pero estábamos tan inquietos y enérgicos que decidimos comenzar a subir. Tarde desarmamos el campamento, seleccionamos comida y, sin llevar agua arriesgándonos a encontrar nieve arriba, fuimos en busca del campamento 1 que, según nos habían indicado los lugareños, se encontraba escondido hacia la izquierda, detrás de un promontorio y cerca de un glaciar. Sin embargo, al poco tiempo de haber salido, Adrián comenzó a hacerse hacía la derecha. Se detuvo a esperarme y cuando llegué me dio la gran noticia: no estábamos en el campamento base ni aquel era el campamento 1. Nos habían dejado del otro lado de la montaña. El GPS indicaba que la ruta arqueológica se hallaba a unos seis kilómetros pero en otra dirección, tal como lo habíamos supuesto a nuestro arribo. Hacia el lugar que Adri me indicaba volví mi cabeza. Vi un inmenso macizo allí, entre nosotros y el sitio hacia adonde ahora nos dirigíamos. Con intenciones de sortearlo y alcanzar el campamento 1, continuamos andando. El viento soplaba muy fuerte y comenzaba a cansarme. Entonces decidimos acampar en un lugar intermedio. Adrián encontró un buen sitio y con nieve al alcance de la mano. Allí nos detuvimos. Él armo la carpa y yo derretí suficiente nieve para procurar tener liquido. Estaba feliz y me sentía realmente bien. Estábamos a unos 5.500 m.s.n.m. y no sentía nada más que una profunda pasión y mucha emoción. Mi cabeza jamás había dolido y ningún síntoma había aparecido. Me sentía con mucha fuerza, con mucha energía.

Un poco más abajo Marce si se enfrentaba a los síntomas de altura. Venía lento y cansado y con dolor de cabeza, así es que conversando por los intercomunicadores coincidimos en que era conveniente que ellos buscaran un lugar para acampar allí en donde se encontraban y concordamos volver a comunicarnos bien temprano, en la siguiente mañana.

No sé si era el lugar perfecto aquel pero era precioso y muy cómodo. El viento, aunque fuerte, parecía más tranquilo allí arriba que en nuestro errado campamento base. Rodeados de algunas piedras, con una vista inmejorable, tan cerca de nuestro sueño, se volvía ideal. Solo Marce nos preocupaba, pero había llegado bien hasta allí. Esperábamos que pudiera pasar bien la noche.

Bastante me costo conciliar el sueño. Me deje llevar por los misterios de una inquieta mente. Recorrí ese lugar, ese momento, mi pasión por las montañas y cómo había llegado hasta ellas; mi primer cumbre y la siguiente, y otra más. Meditando me relajé… comencé a soñar. Dormí.

Desperté sin dolores y sin síntomas. La idea era si entonces movernos hasta el campamento 1, que no nos llevaría demasiado tiempo. Desayunamos bien y, mientras lo hacíamos, esperábamos a que se hiciera la hora acordada para comunicarnos con los chicos. Fue Alcides quien nos hablo por el intercomunicador y nos paso un informe desalentador y preocupante de la situación en que se encontraba Marcelo. Había pasado muy mal la noche, con vómitos permanentes; continuaba mal y no podía siquiera pararse. Dado la gravedad del asunto ambos guardamos en la mochila únicamente la pluma y la bolsa de dormir, y nos fuimos de prisa hacia abajo dejando allí el resto de nuestro equipo. Nos separamos para encontrar lo antes posible el sitio en donde habían acampado. Íbamos rápido y muy preocupados. Por fin los vimos y casi corrimos hacía la carpa. Los chicos aguardaban adentro y por fortuna, aunque lamentábamos no habernos evitado tal susto, la situación no era la que imaginábamos. Dividimos en nuestras mochilas vacías su equipo. Adrián comenzó a descender y yo lo espere a Marce para salir. Alcides se quedo desarmando la carpa.

El viento soplaba muy fuerte para entonces, nuestra carpa había quedado arriba y no habíamos podido cortar los petates para repararnos durante esa futura noche y vivaquear. Adri y yo debíamos emprender nuevamente el ascenso en ese mismo momento.

Partimos dando dura batalla al viento. Por momentos debía detenerme para no caer empujada por su saña. Soplaba fuerte. Mis piernas estaban cansadas y, aunque no me faltaba el aire, no podía aumentar el ritmo de mi marcha. Iba lento. Cada vez más. Estábamos alto y la altura se dejaba sentir. Comenzaba a agotarme pero hacía esfuerzos por continuar. El clima empeoraba y unas desafiantes nubes asomaban rápidamente detrás de la cumbre del volcán. Debíamos apurarnos, no detenernos…caminar.

Llegué muy cansada luego de tal esfuerzo allí arriba. Bajar rápidamente para volver a subir en el mismo día a aquella altura y enfrentando fuertes ráfagas de viento me había hecho desperdiciar mucha energía. La cabeza me dolió apenas por primera vez en las montañas, pero por suerte tan solo un ibuprofeno fue suficiente.

Adrian llego justo a tiempo para evitar que nuestra carpa se volara. Y yo justo antes de que comenzara a nevar. Otra vez a derretir nieve, sosteniendo las varillas pero esta vez agobiados. Cuando nos recuperamos, el viento había aflojado un poco su abrupta marcha y, aunque la nieve continuaba cayendo, el clima se mostraba más amigable de lo que habíamos temido. Por un instante todo alrededor se tiñó de blanco, contrastando con los áridos colores del paisaje que nos envolvía.

Esa noche si que dormimos. Y a la mañana siguiente, aunque cansados, desarmamos el campamento y partimos por fin rumbo al campamento 1. Alcides partía desde el base a juntarse con nosotros en el campamento y compartiríamos con él la carpa. Marcelo se quedaba en el base pero se sentía bien y había pasado una buena noche.

Cuando estuve lista para salir ni siquiera imaginaba cuan cansada me hallaba. Pero en cuanto comenzamos a caminar y a subir noté que algo más de lo que suponía. Lamenté no haber entrenado como debía, aunque también era cierto que, de no haber sido por los desafortunados acontecimientos, aquella cumbre hubiera sido muy distinta. Ni siquiera estábamos en la ruta correcta. Y el viento no nos daba tregua, aunque aquel día….ese en el que hubiéramos intentado la cima de no ser por los imprevistos de la jornada anterior, se presentaba tranquilo.

Por momentos creo que tan solo me deje llevar. Solo pensaba en caminar pero tenía pocas fuerzas, aunque muchísimas ganas. Quería llegar. Subíamos y subíamos y esperábamos no tener que descender demasiado para volver a subir más allá. Pero llego el momento de bajar.

Por fin aparecieron a lo lejos algunas ruinas en el camino que de cerca jamás veríamos y, luego de una bajada un tanto complicada a juzgar por mi cansancio, llegamos al campamento 1 de la ruta arqueológica: “La laguna congelada” que, como es costumbre, estaba seca. De todas maneras había suficiente nieve para derretir allí arriba. Estábamos casi a 6.000 m.s.n.m. Y allí, en ese encuentro con la ruta que habíamos planificado… allí donde por un instante sentimos que aún era posible y que, a pesar de todo, nos encontrábamos en camino… allí donde la cumbre era real a pesar del cansancio, del esfuerzo, del clima…allí donde sabíamos que lo haríamos…alli un despiadado destino nos sorprendió una vez mas: Ya no teníamos varillas para nuestra carpa y la elevada altura, la noche, el frio y el viento nos espian amenazantes. Había que moverse de prisa. Adrían no vaciló. No se detuvo. Con una rapidez que aún me asombra y mientras yo, una vez más, juntaba nieve para derretir, armó unas pircas para protegernos del viento, colocó los bastones de pie, levantando un agitado sobretecho sostenido por piedras. Hoy pienso en lo que pudo ser, mas en ningún instante sentí miedo o preocupación. Aprendí. Era mi mi primer vivac y a casi 6.000 metros… mi primer noche a esa altura.

A Alcides le habíamos indicado que volviera al base y no se arriesgara, ya que aún estaba a tiempo y no habría lugar para uno más. En aquel improvisado refugio en el que apenas entrábamos, comimos poco. Encendimos el calentador y, al tiempo que amainábamos con el fuego el frío, bebimos algo caliente para recuperar más calor. Cansados, nos entregamos a esa noche en la altura mientras escuchábamos casi crujir al sobretecho bien cerca de nuestras rostros. Con la mente intentábamos sostenerlo. Se movía, golpeaba contra el viento… Deseábamos que resista un poco más. Y resistió.

Al despertar luego de esa noche de vivac en las alturas, agotados y envueltos en un fuerte viento que no estaba dispuesto a ceder, decidimos hacer a un lado nuestro intento de cumbre y descender para recuperar. Para mi aquí se esfumaban las esperanzas de pisar esta vez lo más alto del Llullaillaco.

Juntamos nuestras cosas y descendimos. Una vez en el base costo buscar un lugar reparado para nuestro próximo vivac. Las horas no nos corrían demasiado esta vez… aún era temprano y entonces la cabecita de mi compañero no trabajaba tan de prisa como la tarde anterior. Nos reíamos de eso. Y entre divertidos y agotados…sorprendidos por todo lo sucedido y resignados, armamos nuestro siguiente refugio.

El viento, al que ya nos habíamos acostumbrado pues no había dejado de acompañarnos jamás, soplaba más fuerte allí que arriba. El ruido que hacía ese cubre era insoportable. Pero muy a pesar de la situación, de los inoportunos hechos, de todo lo vivido…o quizá gracias a eso, estábamos de muy buen humor. Habían sido días de intensa aventura. Yo había aprendido mucho y ya me llevaba bastante de aquel volcán, pero no lo suficiente.

Durante el día siguiente descansamos, tomamos mates, comimos bien. Recuperamos fuerzas. Disfrutamos del sol. Padecimos el viento. Repasamos los miles de reclamos que teníamos para el señor que habíamos contratado con la intención de que nos dejara en el campamento base de la ruta arqueológica camino a la cumbre del Llullaillaco, en el que jamás ni cerca estuvimos. Entre reproches y risas, divertidos y enojados, pasamos aquel día.

El siguiente era el último día en aquella montaña. Aunque en silencio, las esperanzas de una cumbre no se hallaban perdidas. Deseaba que fuera así y sentía que así sería.

A las cuatro de la mañana Adrían decidió partir hacia la cima. El viento, casi como avalando aquella acertada decisión, había dejado de soplar. Afuera una oscura noche que había sido de hermosa luna aguardaba sin ansiedad. Nos pusimos de acuerdo en las comunicaciones y en los posibles horarios y partió hacia la cumbre del Llulllaillaco desde el campamento base. Lo esperaban más de 1.700 metros de desnivel, pero él sabía que podía hacerlo. Y yo sentía que iba a hacerlo.

A las nueve salí de nuestro refugio y anuncié a los chicos que Adrián se encontraba camino a la cima. Nosotros desayunamos y partimos en busca de algo de comida que no habíamos podido evitar dejar arriba. Subimos entonces hasta los 5.500 metros, recogimos todo y antes de las cinco de la tarde (horario en que debía encender el intercomunicador y recibir noticias desde más alto), allí a lo lejos, pude ver que alguien descendía con pasos pesados, cansados…Y aunque no podía asegurarlo, imaginé que sonreía.

Caminé hacía ese lugar y con una felicidad absolutamente compartida le dí un fuerte abrazo. La expedición era ahora si un éxito: Aunque no la pise, teníamos esa cumbre. Y aunque me quede con muchas ganas y sé que volveré por ella, la sentí un poco mía.

Una hermosa e intensa montaña y más días vividos con el alma en las alturas…allí donde el viento sopla cuando golpea con aquel desafiante volcán.

Y aunque la expedición ya había alcanzado la cumbre, el destino continuaba con ganas de jugar y la aventura aún no finalizaba. La camioneta que debía venir por nosotros en aquel viernes nunca llego y, a cambio, y bastante más tarde, vimos a lo lejos detenerse a otra. Era la camioneta de la municipalidad de Tolar. Como no era 4×4 debimos caminar demasiado cargando todo nuestro equipo hacia abajo. Al pueblo llegamos ya bien entrada la noche. Por suerte, nos esperaban con comida lista. Ya nos dolía el estomago del hambre y disfrutamos de los dos platos que nos ofrecieron en aquella casa de familia. Allí, en aquel pueblo alejado y silencioso, la gente había estado rezando por nosotros pues el viento jamás había dejado de soplar y las ráfagas alcanzaban los 80 km por hora.

Y como si fuera poco, rumbo a San Antonio de los Cobres partimos en el mismo vehiculo remolcando a una tercer camioneta que había venido a buscarnos pero que jamás llego, averiándose en el camino. En San Antonio de los Cobres nos recogió la misma Nissan Patrol roja en la que habíamos partido desde la capital salteña aquel primer día, cuando aún ni imaginábamos cuan ingenioso e inquieto nos aguardaba nuestro destino.

Quería sentir la libertad de esas inmensas figuras rozándome y así fue. Esa sensación de estar haciendo en la vida eso que he venido a hacer me envuelve en una felicidad tan plena, infinitamente auténtica. La eterna magia de la naturaleza, tan inmensa, se vuelve parte de mi en cada ascenso. Y me atrapa la libertad de las más intensas cumbres. Y son mis sueños. Un instante. Momentos. Es mi pasión. Cada aventura en mi vida hace de mi vida toda una aventura… Y es así como quiero vivir: Libre! Con el alma! Sintiendo!

Y el Inca creyó…

agosto 12, 2008

Volaba el colibrí
Al ritmo de los pájaros libres
Y en Alto Perú
El indio acariciaba la tierra
Del Quito al Cuzco
El Imperio del Sol
Brillaba con la luz de la pasión
Llegando a ser la máxima expresión de la grandeza.

Y el Inca creyó
En ese pseudo Dios navegante.
Con sus palos de fuego
Atemorizaban la inocencia.

El fuego devoraba todo
Obras de siglos para levantar
Mientras las piedras absorbían toda la riqueza.

MACHU PICCHU…LUZ Y GRANDEZA

agosto 11, 2008

1° parte: CUZCO… UN PASO HACIA EL MACHU PICCHU

Y por fin aquel día había llegado. Por tanto tiempo soñado, sin duda era ese un momento muy especial. No recuerdo cuantos años tenía la primera vez que vi esa foto típica y tan conocida de aquel lugar fantástico, pero recuerdo bien que desde entonces supe que algún día andaría por esa ciudadela que descansa imponente y airosa en la cumbre de una montaña llamada Machu Picchu (“Montaña vieja” en quechua), y al pie de ese otro pico tantas veces visto, el Huayna Picchu (“Monte Joven”)
Era 10 de septiembre de 2006, de madrugada, aún más temprano de lo necesario, cuando el taxi nos llevaba a Jessica, a Ceci y a mi ya camino al aeropuerto de Ezeiza. Como siempre había preparado mi mochila a último momento, pero allí estaba, bien cargada y dispuesta a días de aventura, protegida por aquel petate negro que por tantas “Montañas del mundo” habría andado (gentileza de “Adri Sánchez expediciones”).
Apenas pasado el mediodía llegamos, escala mediante en Lima, a nuestro destino final: Cuzco. Retiramos nuestro equipaje y salimos en busca de quien nos esperaría en el aeropuerto y que jamás llegó. Hacía calor. Estábamos cansadas del viaje y ya percibíamos el esfuerzo de nuestros cuerpos para habituarse a esos nuevos 3400 m.s.n.m. Sabíamos de altura así que no nos desesperamos. Conocíamos ese ritmo algo más lento y también qué hacer. Bebimos mucho liquido y decidimos pasar las primeras horas lo más relajadas posible, sabiendo que contábamos con 2 días de aclimatación antes de comenzar nuestro deseado camino. Un taxi nos llevó hacia “Mallqui”, nuestro hostal en Cuzco, sencillo, cálido y bonito y de una atención excepcional. Apenas habíamos andado desde el aeropuerto hasta el centro y ya podíamos sospechar de qué se trataba andar por Perú: todo tenía un precio y siempre podía pelearse; el regateo no faltaría jamás; y pocos cumplirían con el trato comercial.
Una vez acomodadas y, dado que la ansiedad daba dura batalla a la altura,  decidimos caminar las pocas cuadras que nos separaban del centro y comenzar a recorrer esa pintoresca y bien turística ciudad. El color de esas calles, entre edificios y plazas que aún conservan un aire precolombino, construcciones coloniales y cantidades de iglesias que se mezclan con turistas de todas partes del mundo, da al lugar una atmósfera especial. En medio del ruido y de la fiesta hace eco un dejo del pasado; huele a ruinas y a reconstrucciones…a excentricidades y a simplicidad…Sabe a grandeza, a inteligencia y a fuego…a esclavitud, a tierra… Pueden sentirse el temor y la inocencia…Vibra una  devastada libertad.
Luego de una cena típica volvimos al hostal para descansar. Nuestro plan de aclimatación incluía al día siguiente un recorrido a pie por las ruinas cercanas al lugar.

2° Parte: AVENTURA HACIA EL MACHU PICCHU POR EL NEVADO DEL SALKANTAY

El 12 de septiembre comenzaba  nuestra gran travesía. Bien temprano partimos en busca del micro que nos llevaría a Mollepata (2900 m.s.n.m.). Habíamos elegido no tomar el camino del Inca tradicional -ya demasiado turístico, copado y comercial- sino hacerlo a través de la caminata al Nevado del Salkantay, algo más rustico y más alto. Y habíamos contratado para ello una especie de servicio que incluía guía, botiquín y oxigeno, cocinero, comida, trasporte a Mollepata y carpas. Pues bien, Don Germán y su compañero Lázaro, su riquísima comida y sus carpas hicieron que el pago valga la pena. La guía, el trasporte (supuestamente privado) y demás, dejaron mucho que desear.
El micro que nos llevó a Mollepata parecía a punto de desarmarse. Sobrevendido, con lugareños  parados,  apiñados hasta lo imposible, llevaba entre su carga, al lado de nuestras arrojadas mochilas, frutas, verduras, quizá hasta gallinas y quien sabe qué cosas más. Temíamos por nuestro equipo pero no podíamos más que confiar.
Nuestra guía paso tan inadvertida que ni el nombre recuerdo. Lidia, creo. Apenas superaba la mayoría de edad. Caminaba rápido acostumbrada a la altura.  Vestía jeans y llevaba una mochila de mano en la que no tenía ni siquiera una aspirina. Nada sabía de males en la altura ni de primeros auxilios; ni siquiera conocía los nombres con que, seguramente,  habrían bautizado a alguno de todos esos imponentes picos por los que le pregunté en el trayecto. Le tenía miedo a las arañas, a las vichas y hasta a las vacas. Y más adelante descubriríamos que tampoco conocía el camino.
En Cruzpata, a 3200 mts. de altura, nos cruzamos con Don Germán, Lázaro y sus mulas. Y recién en Sayapata, a unas dos o tres horas de recorrido paramos a almorzar.
Párrafo aparte merece Don Germán. Un sol. Generoso y simpático, amable y cuidadoso, ponía especial atención en nuestras comidas. Se preocupaba porque no nos faltara nada y porque estuviéramos bien alimentadas e hidratadas. Lázaro también cuidaba de nosotras. Don Germán nos contagiaba su inagotable entusiasmo, su amor por la montaña; Y sus consejos e indicaciones fueron de gran utilidad allí arriba.
Continuamos caminando por pueblos altos y llegamos a Soraypampa, a 3850 m.s.n.m., donde nos esperaba el primer campamento.
Y allí, en Soraypampa, las primeras nauseas aparecieron en la altura. ¿De quien? Para nuestra sorpresa fue nuestra guía la primera y única en descomponerse. Y a Dios gracias nosotras si teníamos botiquín y pudimos convidarle con un riquísimo blister de Reliveran.
La jornada siguiente comenzó temprano. A las 7 de la mañana ya desayunadas nos dispusimos a caminar. Lidia estaba recuperada y corría en las alturas sin detenerse y sin considerar que tanto Jessi como Ceci necesitaban ir un poco más lento pues aparecía el agotamiento y querían evitar descomponerse. No se preocupaba en parar ni a descansar ni a hidratarse ni a comer. Cada tanto le pedía por favor que esperara a las chicas  y parecía hasta molestarse. Mi paciencia estaba llegando al límite y la cara de Jessi comenzaba a trasformarse. Transitábamos así nuestra subida del Apacheta y llegaríamos entre risas, cruces y asombros a 4590 m.s.n.m.
Una vez allí por fin si nos detuvimos a descansar. Desde aquel lugar podía apreciarse al imponente Nevado del Salkantay, una hermosa montaña de 6264 mts. de altura cubierta de nieve que venía ya acompañándonos a lo largo del recorrido; y también las montañas Humantay y Huayanay, río blanco, pequeños lagos y morenas.
Aún faltaban algunas horas para el almuerzo que nos esperaba en Huayracpunku. Durante ese día  descubriríamos qué tan poco sabía nuestra acompañante. Cada tanto me preguntaba por donde creía que continuaba el camino y yo, que en mi vida había pisado Perú, aprendía a no salir nunca más sin waypoints, mapa o alguna otra información relevante. Afortunadamente las tres conocíamos la montaña y lejos de asustarnos, tal situación nos enfadaba pero más nos divertía.
Nos desviamos del camino por culpa de una vaquita que asustó a nuestra querida Lidia. Y entonces si no supo más por donde seguir. Me preocupaban las chicas que venían bien pero necesitaban andar a otro ritmo y no desgastarse innecesariamente. ¿Será por allí o por allá? En algún momento ya colmada le pedí que me aguardara y me adelante a buscar a  Don Germán y Lázaro para evitar que el resto anduviera sin sentido hacia el lado equivocado. Cuando los vi, me volví solo un poco y les hice señas a las demás.
Después del almuerzo nos esperaban algunas horas más cuesta abajo para acampar en Rayan-Niyoc a 2890 m.s.n.m. O Chaullay 2920 m.s.n.m. Lo hicimos en el segundo, después del momento más sublime de nuestra ya irónica aventura.
El trayecto se hizo lento y Lidia estaba enojada con las chicas porque caminaban despacio. Ella fastidiaba, complicaba el recorrido y llenaba el ambiente de incertidumbre pues no sabía para donde ir; la manera que encontró de salir de semejante aprieto fue culpando a las demás.   Fue cuando  debíamos atravesar un estrecho pero extenso  sendero al borde de una especie de caída libre, muy llena de vegetación, que  nos abrazó una oscura noche. Las tres sacamos nuestras linternas frontales y Lidia su linterna de mano. Me pidió que me adelantara intentando parecer amable y preocupada, y me sugirió que caminara primera para que ella pudiera ir un poco más despacio y detrás con las chicas. Poco tardamos en sospechar y confirmar que tenía un pánico total y que ahora era yo quien abría camino.
Por fin llegamos sanas y salvas. Y podemos afirmar, para quien quiera intentarlo,  que es muy directo, hermoso y fácil ese recorrido, contando tan solo con algunas pocas indicaciones.
Don Germán estaba preocupado y se emocionó al vernos. Se me caen unas lágrimas al recordar su dulce mirada; la manera entusiasmada y tímida en que vino a sentarse a comer junto a nosotras cuando por fin pudimos convencerlo de que así lo hiciera. También Lázaro me emociona y los recuerdo a los dos con mucho cariño.
El día 3 partimos a Uscamayuc, atravesando un lugar de Selva alta llamado Ceja de Selva. Es un camino de variada vegetación, diferentes frutas y flores, plátanos, café y escondidas plantaciones de coca.
De pronto apareció frente a nosotras una asombrosa cascada de agua caliente. Un paraíso a nuestros pies. Corrimos, atravesamos ese angosto puente flotante que nos separaba del agua y nos dimos un deseado y reparador baño termal.
Continuamos hacia Wiñaypoq donde paramos a almorzar y seguimos rumbo a Santa Teresa a acampar, pero esta vez lo hicimos en la caja de un camión junto con otros pasajeros y una bolsa con quien sabe que pero que se movía y mucho. Una vez allí visitamos otros cercanos baños termales en donde nos dimos un nuevo  chapuzón. De no ser por los inoportunos y millares de mosquitos y los frascos de shampoo que desfilaban por las termas, ese hubiese sido otro increíble baño.
En Santa Teresa comimos en un bar y compartimos lindos momentos con la gente del lugar. Faltamos a una fiesta que parecía divertida y  desde mi bolsa de dormir y hasta avanzada la noche escuche los sonidos de un fuerte  reggaeton,  muchas risas y más  bocinas.
El cuarto día nos esperaba la Oroya y un cruce del río emocionante. Del otro lado nos despedimos de Germán. Lázaro ya nos había dejado en la anterior parada.
Continuamos las cuatro rumbo  al  pueblo de la Hidroeléctrica a 1870  m.s.n.m. Luego del almuerzo partimos bordeando las vías del ferrocarril hacia Aguas Calientes. El recorrido es fácil y solo debe tomarse el recaudo de conocer el horario en que pasará el tren para hacerse a un lado del camino.
Por la tarde llegamos a Aguas Calientes. Una preciosa ciudad a 2000 m.s.n.m. donde tuvimos todos los placeres a disposición, excepto “agua caliente” en las duchas. La situación con nuestro intento de guía ya no resistía y eso colapsó nuestra relación. Así y todo, y quedando cada uno de los pormenores atravesados ínfimos frente a aquello tan especial y hermoso que aún estábamos por vivir, compartimos con ella la última cena.
Al día siguiente amanecimos bien temprano y, sin Lidia que ya estaba resignada, partimos por fin hacía el Macchu Picchu. Mis pies corrían en tan enérgico escenario. No quería detenerme. Solo quería llegar. Mi corazón palpitaba. Desde niña había tenido ese sueño y ahora estaba muy cerca de vivirlo. Pisé entusiasmada cada uno de los escalones de piedra hacia ese santuario y, cuando pude, corté camino siguiendo a la gente del lugar.
Y entonces una lágrima recorrió mi mejilla…Por fin posó frente a mis ojos esa ciudadela imponente y airosa que descansa sobre aquella conocida montaña. Imposible expresar con palabras esa sensación tan impactante y magnifica. El tiempo parece detenerse y, en un súbito suspiro,  volverse  hacia atrás. La astrología, la agricultura, la inteligencia y la perfección, la espiritualidad y  la grandeza desfilan ante los sorprendidos corazones de quienes se atreven  a correr el velo de misterio que se ha tejido a su alrededor para inspirar altas dosis  de energía.
Una vez todas  arriba,   recorrimos la ciudadela entre relatos y fotos. Más tardes, llenas de admiración y de una profunda alegría, nos dirigimos hacia la cumbre del Huayna Picchu.

Enérgica, corrí hacia esa cima  y,  sin detenerme jamás,  di cada paso hacia lo más alto. Desde arriba disfruté de la vista más hermosa de ese paraíso de otra dimensión. Me recosté sobre la piedra más alta y,  contemplativa, profunda e invadida por la libertad más intensa que jamás hubiera sentido,  toque con mis manos el sol.
AL

(Si alguien quiere intentar este camino no dude en pedirnos los datos de contacto de Don Germán. Creo que, de poder ubicarlo, con su hermosa presencia, alcanza y sobra para una aventura perfecta)

UJU PACHA: Mundo Subterrámeo        AMA SUA: No ser ladrón

KAY PACHA: Mundo Actual                AMA QUELLA: No ser perezoso

HANAG PACHA: Mundo Espiritual      AMA LLULLA: No mentir

SERPIENTE: Sabiduria                  YACHAY: Aprender

PUMA: Fuerza                             LLANKAY: Trabajar

CONDOR: Paz                             MUNAY: Amor

Mi Primera Invernal: La cadenita – Agosto 2006

julio 26, 2008

Una vez más mi roja compañera aguardaba ansiosa para subirse a mi espalda, ajustarse a mis hombros, abrazar mi cintura y así juntas andar un nuevo camino de sueños y montañas, de nieve, de amigos y momentos, de cumbres, de paz, de absoluta libertad.

Una invernal…y al de siempre se sumaba nuevo equipo. ¿Y cómo seria pisar durante largas horas con esas nuevas botas plásticas protegiendo nuestros pasos hacia lo alto? ¿Y qué ruido haría el crujir del hielo bajo las huellas de bien afilados grampones? ¿Qué tan difícil poner freno a una caída con esa piqueta? ¿Y el frío qué tanto penetraría en nuestros cuerpos exhaustos en la quietud de profundas noches allí arriba? Yo también estaba ansiosa, con ganas de sentir, de vivir un nuevo sueño en las alturas de las impactantes y maravillosas cumbres mendocinas.

Aquel viernes 18 de Agosto de 2006 ya desde muy temprano mi mente andaba vagando y mi alma gozando de toda esa inmensidad. Pasadas las 6 de la tarde por fin me dispuse a amar la mochila. El día laboral había terminado y en la oficina, en compañía de Ceci, Jessica y Marilu, acomodaba y ultimaba detalles de un abultado equipo.

Andrea, Sol, Juli, Ceci, Mar, Lore, Vero, Adrián, Gastón, Juan, Juan Pedro, Juan Pablo, Héctor, Javier, Justo, Maxi, Pablo, Lucas, Heber, Alfredo y yo. Hermoso grupo, divertido, entusiasmado, con ganas de compartir mucho más que las nevadas alturas de La Cadenita.

Un viaje tranquilo sirvió  para dejar atrás el cansancio de la loca locura de la ciudad. Despertamos ya transitando por esa hermosa provincia de Mendoza que, una vez más, nos recibía abrazandonos a  la  grandeza de sus fascinantes cerros.

Comenzamos a andar en busca de un lugar propicio para acampar, equipo a cuestas, mochilas cargadas, montañas nuevas. El sol brillaba fuerte sobre nuestros pasos convirtiendo temidos días de frío amenazante y cuerpos rígidos bajo enormes camperas de pluma, en una cálida “primavera” de agosto que nos permitió caminar más sueltos de ropa y, aunque con la mochila cargada de abrigo, más livianitos y enérgicos.

De pronto la nieve se hizo hielo; Y sin más tiempo que el necesario para aprender a colocarlos quienes los usábamos por primera vez, continuamos nuestro camino con grampones y piqueta en mano sobre un terreno fácil. Daba confiada mis primeros pasos sobre ellos cuando llego el momento de sortear un escaloncito de nieve que obligaba a estirar las piernas algo más que lo habitual. Fueron pasando los primeros y llegó mi turno. Hice esfuerzos por pisar la misma huella mas apoyándose sobre una nieve desprendida tan blanda como una nube mi pie deslizó. La suavidad de ese manto blanco  acarició el filo del grampón dejándolo patinar y en un súbito instante que pareció detenerse en el tiempo mi mochila cargo su peso hacia la pendiente y mi cuerpo se dejo caer de espaldas, pies hacia el cielo, a gran velocidad. En un intento desesperado por poner fin a aquella caída y sacando fuerzas quien sabe desde que extraño lugar, me di vuelta entera, completamente y mis guantes arañaron la nieve hasta detenerme increíblemente ilesa (descontando diversos y variados moretones), desconcertada, asombrada y aún con más confianza. Desde el suelo sonreí a mis compañeros de aventura y, pulgar hacia arriba, les confirmé que estaba bien. Me levanté con cuidado de no volver a resbalar mientras Juan se acercaba recogiendo algún que otro objeto perdido, y una vez ajustado aquel grampón alquilado que se había zafado, me dispuse a continuar montaña arriba. Me sentía más segura. Repasaba en mi mente esa caída, aquel instante ínfimo, sutil, imperceptible en que había perdido el equilibrio, e intentaba acordarme, para aprender aún más, la manera en que había por fin girado para dejar mi cuerpo afirmado a la pendiente.

Continuamos subiendo pero el cansancio comenzó a asomar y decidimos detener la marcha y armar el campamento a no tan elevada altura; algunas carpas recostadas sobre la nieve y otras intentando acomodarse a una incipiente y bastante molesta pendiente. Compartimos riquísimos mates, algo de comida y nos separamos ni bien comenzaba a entrar una noche oscura, profunda, muy quieta y mucho más estrellada.

Nuestra carpa apenas inclinada se divirtió viéndome resbalar envuelta en mi sarcófago de pluma y despertando para reptar nuevamente hacia arriba con fuerza una y otra vez.

Despertamos a las 5 de la mañana y, bastante antes del amanecer, a oscuras, con apenas el haz de luz de nuestras linternas frontales, emprendimos la marcha hacia nuestro objetivo: La Cadenita.

Y antes de lo esperado pisamos la cumbre del Andresito. Solo tocamos la cruz y sin detenernos, y sin más fotos que la que siempre queda grabada en nuestros recuerdos, continuamos hacia la cumbre del Arenales. El sol nos observaba intenso y brillante desde un cielo bien celeste, limpio, puro; un día precioso, de calor, que nos llenaba de energía. Siguió la cumbre del Lomas Blancas donde esperamos a los que venían más retrasados y nos preparamos para compartir el almuerzo. Nos sentamos de lado a la cruz, en una ronda grande y rodeados de toda esa inmensa naturaleza, envueltos por la magia de un increíble y eterno paisaje, nos hicimos dueños de ese grandioso momento. Una brisa acariciaba suave nuestras rostros sonrientes. Pasamos allí un buen rato y al momento de retomar la marcha me sentía absolutamente renovada, descansada para lo que seguía. Continuamos camino al Estudiante y luego de alcanzar la cumbre, hacia el Caucaso. En el trayecto, que no presentaba demasiadas dificultades, si debimos sortear algunas trepaditas. Por último emprendimos nuestro camino hacia la cumbre del Iluso, y lo hicimos con mucha ilusión, si… tanto que fue solo eso. Decidimos que, por la dificultad que presentaría el descenso desde la cima, no todos estarían en condiciones de hacerlo, así que nos sentamos en las piedras a observar para dejarla para siempre en nuestras pupilas: algún día quizá si sea nuestra; no esta vez. Más atrás el Ignorado…Por qué no?? Quizá algún día!

De regreso al campamento debimos volver a nuestros ya queridos grampones. Y esta vez también otros integrantes del grupo probaron las caídas e intentaron auto-detenerse de la mejor manera. Hubieron algunos momentos de susto y algo de tensión pero finalmente, y luego de un lindo y divertido trayecto en culí-patín, todos llegamos sanos y salvos al campamento.

Nos sentamos largo rato alrededor de mucha comida, varios mates y algunos calentadores. Una vez más millones de estrellas dibujaron aquel cielo oscuro dando vida a una noche quieta entre las sierras.

Luego de horas otra vez deslizantes y de poco dormir nos levantamos y desarmamos el campamento. Volvimos relajados y felices hacia el centro de ski y de allí hacia Mendoza creyendo dar por finalizada nuestra aventura mas algo inesperado estaba aún por suceder. Y así como la cumbre del Iluso, llegar a horario a Buenos Aires fue otra enorme ilusión. Alrededor de las 3 de la mañana del martes el micro en el que volvíamos apagó sus motores en medio de la ruta y nos dejo allí largas horas esperando un reemplazo que no llegaría hasta pasadas las 10. Y muy a pesar del cansancio y de las obligaciones nos relajamos y continuamos compartiendo con mates y galletas, buen humor y alegría, otro increíble momento de un nuevo sueño cumplido; Más días de montaña VIVIDOS con el ALMA!!

Vallecitos – Cordón del Plata. Mendoza (Marzo de 2008)

julio 19, 2008

Extrañaba sus inmensas figuras, sus increíbles filos, su contorno dibujado en un cielo estrellado. Extrañaba caminar bajo la luz de esa enorme luna, el viento golpeando fuerte en mi rostro. Sentirme tan cerca del sol…Su música. Su encanto. Mi mochila.  Anhelaba ir en busca de esa cumbre que es libertad. Deseaba su contacto, toda esa paz.  Hacia varios meses que las montañas y yo no nos fundíamos en ese eterno y profundo abrazo.
Días antes de mi partida había sentido un fuerte dolor en la pierna pero no iba a detenerme. Tenía ganas y me sentía fuerte. Necesitaba estar allí, rodeada de esa naturaleza que se vuelve parte de mi… Inhalar ese aire puro, andar alto.
En el centro de ski Vallecitos, desde donde comenzaría esta vez nuestra aventura, Inés, Ceci, Alcides y yo  nos encontramos también con Jessica que aclimataba desde hacia unos días. Sus compañeros de grupo habían decidido volverse a Buenos Aires y ella continuó con nosotros montaña arriba.
Decidimos  pasar la primer noche en el refugio y, más  descansados del viaje y repuesta toda la energía, partir al día siguiente directo a acampar en Piedra Grande, sin escala en Las Veguitas .
A la mañana siguiente partimos tranquilos. El camino no presenta dificultades y subimos sin desgastarnos innecesariamente. A buen ritmo, con un andar parejo y casi sin detenernos, llegamos temprano a nuestro destino. Antes de armar carpas nos acomodamos para disfrutar del sol y compartimos  mates y risas.
Luego de una noche serena despertamos con ganas de caminar. Volvimos a acomodar nuestras mochilas y salimos rumbo al último campamento: El Salto.
Alcides y yo caminábamos adelante. Cerca nos seguía Inés y un poco más atrás, Ceci y Jessica. El Infiernillo podía ser el único tramo con dificultad. Y si bien a medida que subíamos  los efectos de la altura podían aparecer, yo me sentía excelente.  Las condiciones eran  inmejorables: el sol brillaba con fuerza y su cálido  resplandor nos acompañaba paso a paso. Mientras andaba recitaba ese mantra que había venido a mi mente y me sentía de una manera especial, con mucha Paz.  La conexión era absoluta. Plena e intensa, libre.
Llegamos al pie del Infiernillo y  anduvimos entonces  por ese pequeño tramo que  preocupaba, pero que no fue tan difícil. Con cuidado y ya un poco cansados estuvimos temprano arriba.
El campamento El Salto esta a unos 4250 m.s.n.m. Es cómodo y se deja envolver por la magia de un paisaje eterno. El canto de ese salto de agua tan cristalino y puro relaja, trasciende,  sensibiliza. Podía sentirse también desde allí el eco de esos   cercanos  cerros:  el Franke, el Vallecitos, el Plata, San Bernardo, Mausy, Rincón, el Lomas Amarillas.
Nos sentamos allí mismo,  en el salto de agua,  y desde entonces ese fue nuestro lugar: cenábamos, merendábamos y compartíamos anécdotas y cuentos mientras el agua, acompañada  por el viento,  nos traía el sonido de las montañas, esa música del alma. La veíamos correr suave y limpia, sin prisa pero sin detenerse jamás. Las piedras conservaban todo  el calor que, durante el día, absorbían del sol. Y cuando la noche caía, la luna que para entonces era llena,  iluminaba fuerte.
A medida que avanzaba la tarde al Salto llegaban otros  montañistas  ansiosos de ir por esos picos. Entre ellos, Seba y Gastón, a quienes esperábamos para  ir por nuestro objetivo.
Paciente disfrute de aquel día de descanso aunque estaba con muchas ganas de ir por más y me sentía con mucha energía. Pero inquieta, no pude dejar de dar un paseo por la altura. Sin embargo el clima comenzó a empeorar y decidimos volver pronto.
En la madrugada de ataque a la cumbre nos sorprendió una fuerte sudestada. La nieve golpeaba duro nuestros corazones y,  de boca en boca,  las noticias del pronostico desilusionaban inquietas almas. No podríamos salir ese día y entonces solo quedaría para nosotros  una oportunidad, 24 horas más tarde. (Y hasta aquí lamentablemente llegaba Jessica a quien el micro esperaba para volver a Bs. As. Estaba tan entera para ir por esa cumbre que más de una vez estuve tentada en proponerle el intento. Hubiese sido una locura. Solo un par salieron y rápidamente de vuelta, aunque guías y experimentados, coincidieron en que no se podía. Jessi partió sola hacia abajo sabiendo que la montaña siempre estaría allí)  A pesar de las desalentadas voces que auguraban mal tiempo durante otros 5 o 6 días yo tenía fuertes esperanzas de ver al sol amanecer. Descansamos ese sábado eterno y nevado y a las 3 de la mañana del domingo, desde mi bolsa de dormir, espié un cielo despejado e iluminado por la luna más inmensa que jamás hubiera visto. Ansiosa y feliz me levanté junto con mis compañeros de aventura. Tan solo una hora más tarde,  bien abrigados, comenzamos a andar nuestro día de cumbre. El trekking sería exigente más debido al agotamiento y a la altura que a las condiciones del camino. Y aunque el viento soplaba fuerte,  la luna dio paso a un sol cálido, un compañero muy deseado y mucho más en lo alto, en  aquel filo sin reparo que nos aguardaba inquieto.
Atravesamos La Hoyada y mientras íbamos en dirección al portezuelo Lomas-Plata equivocamos el sendero siguiendo a un grupo con guía. Entonces  la subida se complico y dado que el cansancio comenzaba a sentirse y los ratos de espera me iban enfriando bastante, no me detuve  y me adelante hacia arriba sin perder al resto de vista.  Alcides espero a los demás mientras yo hacía a un lado el  sendero y me apuraba por una especie de canaleta que había encontrado cómoda, rápida y, aunque empinada, poco resbaladiza. Mientras los esperaba, me senté y me deje llevar meditando en esas altas cumbres mendocinas.
Una vez juntos continuamos andando aquella subida que es común para el Plata y el Vallecitos. Y luego, cuando llego el momento de ir directo hacia la cumbre elegida, en aquel increíble lugar, un paisaje enorme e inimaginable dibujo este recuerdo eterno que aún puede ver mi alma…esa sensación tan libre, esa pasión por las montañas recorrió como sangre mis venas; Allí, cubriéndose por el precioso Cordón de la Jaula, asomaba desafiante el Centinela de Piedra: El Aconcagua.
Invadida por esa energía y sintiéndome  tan cerca de lo mas alto del cerro, continué emocionada y  feliz. Aquel filo largo y tantas veces visto del Vallecitos me invitaba hacia arriba y, aunque estaba cansada, casi ni me detuve.
Y esa cumbre fue nuestra. Y este, otro hermoso sueño cumplido.

Primeras experiencias arriba – Mayo de 2006

julio 19, 2008

Cordón del Plata – Mendoza – Argentina:  Stepanek 4100 m.s.n.m. y Franke 5100 m.s.n.m. en cuatro días.
Estaba entusiasmada y mi roja compañera ansiosa, lista para subirse a mi espalda, ajustarse a mis hombros, abrazar mi cintura y así juntas andar un nuevo camino de sueños y montañas, de paz, intensidad, de absoluta libertad.
Un viaje sereno, mates y cuentos, poca cena y un dormir inconstante pero suficiente nos traslado a ese paraíso de pintorescas y nevadas cumbres en la provincia de Mendoza. Gigantescas figuras, imponentes, voluptuosas, comenzaron a desfilar ante nuestros ojos brillantes y sorprendidos. Corazones inquietos admirando ese infinito que nos abraza cálido y nos estremece cada vez, siempre, como si fuese  la primera.  Un encuentro mágico,  una conexión absoluta, sin más limites que el deseo; una libertad tan plena que desnuda nuestra esencia  y nos deja vivir con el alma ese momento intenso, casi irreal.
Un poco más tarde de lo esperado pero con tiempo aún suficiente para andar mochilas al hombro iniciamos el camino desde el centro de ski Vallecitos hacía el  campamento Las Veguitas a 3180 m.s.n.m. Aún con luz de sobra, a media tarde, estábamos ya arriba.
Al día siguiente bien temprano partimos rumbo al  Stepanek. La noche cerrada nos hacia compañía y estaba un tanto frió.
Mis primeros pasos se hicieron difíciles pero comencé a sentirme mejor poco a poco, inhalando ese aire puro de montaña, llenándome de toda esa increíble inmensidad. A medida que subíamos comenzaban a aparecer en el grupo los síntomas de la altura y el cansancio  de largas horas de recorrido. Por suerte yo no sentí más que un leve agotamiento.
El perezoso y brillante sol no  asomó en este día por los nublados picos de las sierras mendocinas y,  en cambio, si  acariciaron nuestros  rostros ráfagas de viento frió y  diminutas y muy traviesas gotas de agua nieve.
Luego de algunas  horas montaña arriba, entre piedras y nieve blanda, un andar lento pero continuo y pocas y muy breves paradas, fuimos llegando a la cima.   Pisamos aquella cumbre con absoluta  energía, felices. Enormes sonrisas, cálidas, dibujaron  un sol en aquel cielo nublado; Abrazos, besos y felicitaciones, fotos y banderas: Todos estábamos arriba!!!
Comenzamos a descender aún con la idea de hacer cumbre en el Adolfo Calle pero  debido al  clima que   empeoraba con rapidez decidimos regresar al campamento y recuperar fuerzas para el siguiente  día que sería  más exigente. Se hacia sentir el agotamiento físico y no todos saldríamos  hacia el  próximo objetivo: Mi primer 5.000. Para muchos lo sería!.
En aquel cielo oscuro, sobre las sierras, una única estrella acompañó nuestros primeros pasos hacia el Franke. Brillaba intensa, de un color diferente, inusual.
Las primeras  horas fueron terribles y yo recordaba a cada paso los dolores y golpes de mi rodilla derecha, ya bastante exigida durante el pasado descenso.
El amanecer nos distrajo un poco: notable, mágico, encantador… pero el agotamiento no cedía. Esta vez si veríamos al sol asomar aunque   unas revoltosas nubes decidirían acompañarnos hacia  arriba.
Fue  entonces que  comencé a escribir estas líneas en mi mente y  casi sin darme cuenta, sin sentirlo, mi cuerpo comenzó a relajarse y el aire entró ya plenamente en mis pulmones.. sonreía.  Volvía a sentir la energía y las ganas, la fuerza dentro mío. El cansancio dejo espacio a la alegría, al entusiasmo, al absoluto goce de cada paso hacia lo más alto del Franke; la naturaleza rodeándonos y yo respirando profunda libertad.
Hicimos una parada más que para descansar, para llenar nuestros ojos de ese recuerdo inmejorable de un paisaje lleno de magia: a lo lejos, en lo alto, un dorado  Sol; hacia abajo un revoltoso manto blanco de nubes que simulaba un oleado y bien salado mar.
Desde allí y hasta la cumbre disfruté de cada instante, invadiéndome de esas montañas, gozando, Feliz! El cansancio era mucho y otra vez aparecían en el grupo aquellos dolores,  nauseas,  ya tan conocidos en las alturas, mas nuevamente agradecí no tener ningún síntoma, ningún malestar más allá del agotamiento que jugaba alocado con toda nuestra energía.
Si que fue largo el Franke, muy largo, y recién de muy cerquita pudimos avistar la cumbre que se hizo desear a lo largo del camino. Allí estaba por fin posando hermosa y radiante ante nuestros ojos que brillaban detrás de oscuros lentes negros.   Alrededor   de las 14 horas fuimos llegando los primeros al pie de las últimas piedras que nos dejarían treparlas para pisar con ganas nuestra cima. Adri me abrazo con un entusiasmo que compartía.
Aunque el espacio de aquella cumbre era reducido nos acomodamos haciendo malabares mientras disfrutábamos de aquel paisaje infinito, único. El objetivo estaba alcanzado. Mi primer 5000 bajo mis pies, un nuevo sueño cumplido,  el viento acariciando mi rostro, una enorme sonrisa, una inmensa y plena libertad.
Nos colocamos las polainas pues la nieve ya era mucha y, para el descenso, nos esperaba un  largo y entretenido  pedrero.
Luego de algunos imprevistos, al campamento base llegamos ya entrada una noche oscura pero muy estrellada. Nuestros compañeros de grupo nos esperaban con un cálido abrazo y una riquísima sopa que devolvía algo de calor a nuestros cuerpitos; escucharon con alegría nuestros relatos, mientras esperábamos a estar todos de vuelta. La jornada había alcanzado ya unas 15 horas. Mucho!
Tarde nos fuimos a dormir un sueño que nos costaría bastante a algunos. La ansiedad y el fuerte viento estaban empeñados en mantenernos despiertos aquella noche, repasando cada instante vivido y, por que no,  sosteniendo con la mente los sobretechos agitados de nuestras carpas que sonaban enfurecidos. Amanecimos  y con dificultad desarmamos el campamento. El sol por fin había salido y nos iluminaba con mucha fuerza esa mañana, pero el viento celoso soplaba cada vez más fuerte. A las 11 horas emprendimos nuestro regreso al centro de ski, felices. Llegamos con tiempo para que algunos pocos decidiéramos llevarnos una yapita: El Andresito.
Luego si, camioneta a Mendoza, almuerzo de tarde en la terminal, duchas y micro de regreso a Buenos Aires.
Cuatro días intensos, hermosos.  Días de montaña soñados… VIVIDOS!!!