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Mi Primera Invernal: La cadenita – Agosto 2006

julio 26, 2008

Una vez más mi roja compañera aguardaba ansiosa para subirse a mi espalda, ajustarse a mis hombros, abrazar mi cintura y así juntas andar un nuevo camino de sueños y montañas, de nieve, de amigos y momentos, de cumbres, de paz, de absoluta libertad.

Una invernal…y al de siempre se sumaba nuevo equipo. ¿Y cómo seria pisar durante largas horas con esas nuevas botas plásticas protegiendo nuestros pasos hacia lo alto? ¿Y qué ruido haría el crujir del hielo bajo las huellas de bien afilados grampones? ¿Qué tan difícil poner freno a una caída con esa piqueta? ¿Y el frío qué tanto penetraría en nuestros cuerpos exhaustos en la quietud de profundas noches allí arriba? Yo también estaba ansiosa, con ganas de sentir, de vivir un nuevo sueño en las alturas de las impactantes y maravillosas cumbres mendocinas.

Aquel viernes 18 de Agosto de 2006 ya desde muy temprano mi mente andaba vagando y mi alma gozando de toda esa inmensidad. Pasadas las 6 de la tarde por fin me dispuse a amar la mochila. El día laboral había terminado y en la oficina, en compañía de Ceci, Jessica y Marilu, acomodaba y ultimaba detalles de un abultado equipo.

Andrea, Sol, Juli, Ceci, Mar, Lore, Vero, Adrián, Gastón, Juan, Juan Pedro, Juan Pablo, Héctor, Javier, Justo, Maxi, Pablo, Lucas, Heber, Alfredo y yo. Hermoso grupo, divertido, entusiasmado, con ganas de compartir mucho más que las nevadas alturas de La Cadenita.

Un viaje tranquilo sirvió  para dejar atrás el cansancio de la loca locura de la ciudad. Despertamos ya transitando por esa hermosa provincia de Mendoza que, una vez más, nos recibía abrazandonos a  la  grandeza de sus fascinantes cerros.

Comenzamos a andar en busca de un lugar propicio para acampar, equipo a cuestas, mochilas cargadas, montañas nuevas. El sol brillaba fuerte sobre nuestros pasos convirtiendo temidos días de frío amenazante y cuerpos rígidos bajo enormes camperas de pluma, en una cálida “primavera” de agosto que nos permitió caminar más sueltos de ropa y, aunque con la mochila cargada de abrigo, más livianitos y enérgicos.

De pronto la nieve se hizo hielo; Y sin más tiempo que el necesario para aprender a colocarlos quienes los usábamos por primera vez, continuamos nuestro camino con grampones y piqueta en mano sobre un terreno fácil. Daba confiada mis primeros pasos sobre ellos cuando llego el momento de sortear un escaloncito de nieve que obligaba a estirar las piernas algo más que lo habitual. Fueron pasando los primeros y llegó mi turno. Hice esfuerzos por pisar la misma huella mas apoyándose sobre una nieve desprendida tan blanda como una nube mi pie deslizó. La suavidad de ese manto blanco  acarició el filo del grampón dejándolo patinar y en un súbito instante que pareció detenerse en el tiempo mi mochila cargo su peso hacia la pendiente y mi cuerpo se dejo caer de espaldas, pies hacia el cielo, a gran velocidad. En un intento desesperado por poner fin a aquella caída y sacando fuerzas quien sabe desde que extraño lugar, me di vuelta entera, completamente y mis guantes arañaron la nieve hasta detenerme increíblemente ilesa (descontando diversos y variados moretones), desconcertada, asombrada y aún con más confianza. Desde el suelo sonreí a mis compañeros de aventura y, pulgar hacia arriba, les confirmé que estaba bien. Me levanté con cuidado de no volver a resbalar mientras Juan se acercaba recogiendo algún que otro objeto perdido, y una vez ajustado aquel grampón alquilado que se había zafado, me dispuse a continuar montaña arriba. Me sentía más segura. Repasaba en mi mente esa caída, aquel instante ínfimo, sutil, imperceptible en que había perdido el equilibrio, e intentaba acordarme, para aprender aún más, la manera en que había por fin girado para dejar mi cuerpo afirmado a la pendiente.

Continuamos subiendo pero el cansancio comenzó a asomar y decidimos detener la marcha y armar el campamento a no tan elevada altura; algunas carpas recostadas sobre la nieve y otras intentando acomodarse a una incipiente y bastante molesta pendiente. Compartimos riquísimos mates, algo de comida y nos separamos ni bien comenzaba a entrar una noche oscura, profunda, muy quieta y mucho más estrellada.

Nuestra carpa apenas inclinada se divirtió viéndome resbalar envuelta en mi sarcófago de pluma y despertando para reptar nuevamente hacia arriba con fuerza una y otra vez.

Despertamos a las 5 de la mañana y, bastante antes del amanecer, a oscuras, con apenas el haz de luz de nuestras linternas frontales, emprendimos la marcha hacia nuestro objetivo: La Cadenita.

Y antes de lo esperado pisamos la cumbre del Andresito. Solo tocamos la cruz y sin detenernos, y sin más fotos que la que siempre queda grabada en nuestros recuerdos, continuamos hacia la cumbre del Arenales. El sol nos observaba intenso y brillante desde un cielo bien celeste, limpio, puro; un día precioso, de calor, que nos llenaba de energía. Siguió la cumbre del Lomas Blancas donde esperamos a los que venían más retrasados y nos preparamos para compartir el almuerzo. Nos sentamos de lado a la cruz, en una ronda grande y rodeados de toda esa inmensa naturaleza, envueltos por la magia de un increíble y eterno paisaje, nos hicimos dueños de ese grandioso momento. Una brisa acariciaba suave nuestras rostros sonrientes. Pasamos allí un buen rato y al momento de retomar la marcha me sentía absolutamente renovada, descansada para lo que seguía. Continuamos camino al Estudiante y luego de alcanzar la cumbre, hacia el Caucaso. En el trayecto, que no presentaba demasiadas dificultades, si debimos sortear algunas trepaditas. Por último emprendimos nuestro camino hacia la cumbre del Iluso, y lo hicimos con mucha ilusión, si… tanto que fue solo eso. Decidimos que, por la dificultad que presentaría el descenso desde la cima, no todos estarían en condiciones de hacerlo, así que nos sentamos en las piedras a observar para dejarla para siempre en nuestras pupilas: algún día quizá si sea nuestra; no esta vez. Más atrás el Ignorado…Por qué no?? Quizá algún día!

De regreso al campamento debimos volver a nuestros ya queridos grampones. Y esta vez también otros integrantes del grupo probaron las caídas e intentaron auto-detenerse de la mejor manera. Hubieron algunos momentos de susto y algo de tensión pero finalmente, y luego de un lindo y divertido trayecto en culí-patín, todos llegamos sanos y salvos al campamento.

Nos sentamos largo rato alrededor de mucha comida, varios mates y algunos calentadores. Una vez más millones de estrellas dibujaron aquel cielo oscuro dando vida a una noche quieta entre las sierras.

Luego de horas otra vez deslizantes y de poco dormir nos levantamos y desarmamos el campamento. Volvimos relajados y felices hacia el centro de ski y de allí hacia Mendoza creyendo dar por finalizada nuestra aventura mas algo inesperado estaba aún por suceder. Y así como la cumbre del Iluso, llegar a horario a Buenos Aires fue otra enorme ilusión. Alrededor de las 3 de la mañana del martes el micro en el que volvíamos apagó sus motores en medio de la ruta y nos dejo allí largas horas esperando un reemplazo que no llegaría hasta pasadas las 10. Y muy a pesar del cansancio y de las obligaciones nos relajamos y continuamos compartiendo con mates y galletas, buen humor y alegría, otro increíble momento de un nuevo sueño cumplido; Más días de montaña VIVIDOS con el ALMA!!

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Vallecitos – Cordón del Plata. Mendoza (Marzo de 2008)

julio 19, 2008

Extrañaba sus inmensas figuras, sus increíbles filos, su contorno dibujado en un cielo estrellado. Extrañaba caminar bajo la luz de esa enorme luna, el viento golpeando fuerte en mi rostro. Sentirme tan cerca del sol…Su música. Su encanto. Mi mochila.  Anhelaba ir en busca de esa cumbre que es libertad. Deseaba su contacto, toda esa paz.  Hacia varios meses que las montañas y yo no nos fundíamos en ese eterno y profundo abrazo.
Días antes de mi partida había sentido un fuerte dolor en la pierna pero no iba a detenerme. Tenía ganas y me sentía fuerte. Necesitaba estar allí, rodeada de esa naturaleza que se vuelve parte de mi… Inhalar ese aire puro, andar alto.
En el centro de ski Vallecitos, desde donde comenzaría esta vez nuestra aventura, Inés, Ceci, Alcides y yo  nos encontramos también con Jessica que aclimataba desde hacia unos días. Sus compañeros de grupo habían decidido volverse a Buenos Aires y ella continuó con nosotros montaña arriba.
Decidimos  pasar la primer noche en el refugio y, más  descansados del viaje y repuesta toda la energía, partir al día siguiente directo a acampar en Piedra Grande, sin escala en Las Veguitas .
A la mañana siguiente partimos tranquilos. El camino no presenta dificultades y subimos sin desgastarnos innecesariamente. A buen ritmo, con un andar parejo y casi sin detenernos, llegamos temprano a nuestro destino. Antes de armar carpas nos acomodamos para disfrutar del sol y compartimos  mates y risas.
Luego de una noche serena despertamos con ganas de caminar. Volvimos a acomodar nuestras mochilas y salimos rumbo al último campamento: El Salto.
Alcides y yo caminábamos adelante. Cerca nos seguía Inés y un poco más atrás, Ceci y Jessica. El Infiernillo podía ser el único tramo con dificultad. Y si bien a medida que subíamos  los efectos de la altura podían aparecer, yo me sentía excelente.  Las condiciones eran  inmejorables: el sol brillaba con fuerza y su cálido  resplandor nos acompañaba paso a paso. Mientras andaba recitaba ese mantra que había venido a mi mente y me sentía de una manera especial, con mucha Paz.  La conexión era absoluta. Plena e intensa, libre.
Llegamos al pie del Infiernillo y  anduvimos entonces  por ese pequeño tramo que  preocupaba, pero que no fue tan difícil. Con cuidado y ya un poco cansados estuvimos temprano arriba.
El campamento El Salto esta a unos 4250 m.s.n.m. Es cómodo y se deja envolver por la magia de un paisaje eterno. El canto de ese salto de agua tan cristalino y puro relaja, trasciende,  sensibiliza. Podía sentirse también desde allí el eco de esos   cercanos  cerros:  el Franke, el Vallecitos, el Plata, San Bernardo, Mausy, Rincón, el Lomas Amarillas.
Nos sentamos allí mismo,  en el salto de agua,  y desde entonces ese fue nuestro lugar: cenábamos, merendábamos y compartíamos anécdotas y cuentos mientras el agua, acompañada  por el viento,  nos traía el sonido de las montañas, esa música del alma. La veíamos correr suave y limpia, sin prisa pero sin detenerse jamás. Las piedras conservaban todo  el calor que, durante el día, absorbían del sol. Y cuando la noche caía, la luna que para entonces era llena,  iluminaba fuerte.
A medida que avanzaba la tarde al Salto llegaban otros  montañistas  ansiosos de ir por esos picos. Entre ellos, Seba y Gastón, a quienes esperábamos para  ir por nuestro objetivo.
Paciente disfrute de aquel día de descanso aunque estaba con muchas ganas de ir por más y me sentía con mucha energía. Pero inquieta, no pude dejar de dar un paseo por la altura. Sin embargo el clima comenzó a empeorar y decidimos volver pronto.
En la madrugada de ataque a la cumbre nos sorprendió una fuerte sudestada. La nieve golpeaba duro nuestros corazones y,  de boca en boca,  las noticias del pronostico desilusionaban inquietas almas. No podríamos salir ese día y entonces solo quedaría para nosotros  una oportunidad, 24 horas más tarde. (Y hasta aquí lamentablemente llegaba Jessica a quien el micro esperaba para volver a Bs. As. Estaba tan entera para ir por esa cumbre que más de una vez estuve tentada en proponerle el intento. Hubiese sido una locura. Solo un par salieron y rápidamente de vuelta, aunque guías y experimentados, coincidieron en que no se podía. Jessi partió sola hacia abajo sabiendo que la montaña siempre estaría allí)  A pesar de las desalentadas voces que auguraban mal tiempo durante otros 5 o 6 días yo tenía fuertes esperanzas de ver al sol amanecer. Descansamos ese sábado eterno y nevado y a las 3 de la mañana del domingo, desde mi bolsa de dormir, espié un cielo despejado e iluminado por la luna más inmensa que jamás hubiera visto. Ansiosa y feliz me levanté junto con mis compañeros de aventura. Tan solo una hora más tarde,  bien abrigados, comenzamos a andar nuestro día de cumbre. El trekking sería exigente más debido al agotamiento y a la altura que a las condiciones del camino. Y aunque el viento soplaba fuerte,  la luna dio paso a un sol cálido, un compañero muy deseado y mucho más en lo alto, en  aquel filo sin reparo que nos aguardaba inquieto.
Atravesamos La Hoyada y mientras íbamos en dirección al portezuelo Lomas-Plata equivocamos el sendero siguiendo a un grupo con guía. Entonces  la subida se complico y dado que el cansancio comenzaba a sentirse y los ratos de espera me iban enfriando bastante, no me detuve  y me adelante hacia arriba sin perder al resto de vista.  Alcides espero a los demás mientras yo hacía a un lado el  sendero y me apuraba por una especie de canaleta que había encontrado cómoda, rápida y, aunque empinada, poco resbaladiza. Mientras los esperaba, me senté y me deje llevar meditando en esas altas cumbres mendocinas.
Una vez juntos continuamos andando aquella subida que es común para el Plata y el Vallecitos. Y luego, cuando llego el momento de ir directo hacia la cumbre elegida, en aquel increíble lugar, un paisaje enorme e inimaginable dibujo este recuerdo eterno que aún puede ver mi alma…esa sensación tan libre, esa pasión por las montañas recorrió como sangre mis venas; Allí, cubriéndose por el precioso Cordón de la Jaula, asomaba desafiante el Centinela de Piedra: El Aconcagua.
Invadida por esa energía y sintiéndome  tan cerca de lo mas alto del cerro, continué emocionada y  feliz. Aquel filo largo y tantas veces visto del Vallecitos me invitaba hacia arriba y, aunque estaba cansada, casi ni me detuve.
Y esa cumbre fue nuestra. Y este, otro hermoso sueño cumplido.

Primeras experiencias arriba – Mayo de 2006

julio 19, 2008

Cordón del Plata – Mendoza – Argentina:  Stepanek 4100 m.s.n.m. y Franke 5100 m.s.n.m. en cuatro días.
Estaba entusiasmada y mi roja compañera ansiosa, lista para subirse a mi espalda, ajustarse a mis hombros, abrazar mi cintura y así juntas andar un nuevo camino de sueños y montañas, de paz, intensidad, de absoluta libertad.
Un viaje sereno, mates y cuentos, poca cena y un dormir inconstante pero suficiente nos traslado a ese paraíso de pintorescas y nevadas cumbres en la provincia de Mendoza. Gigantescas figuras, imponentes, voluptuosas, comenzaron a desfilar ante nuestros ojos brillantes y sorprendidos. Corazones inquietos admirando ese infinito que nos abraza cálido y nos estremece cada vez, siempre, como si fuese  la primera.  Un encuentro mágico,  una conexión absoluta, sin más limites que el deseo; una libertad tan plena que desnuda nuestra esencia  y nos deja vivir con el alma ese momento intenso, casi irreal.
Un poco más tarde de lo esperado pero con tiempo aún suficiente para andar mochilas al hombro iniciamos el camino desde el centro de ski Vallecitos hacía el  campamento Las Veguitas a 3180 m.s.n.m. Aún con luz de sobra, a media tarde, estábamos ya arriba.
Al día siguiente bien temprano partimos rumbo al  Stepanek. La noche cerrada nos hacia compañía y estaba un tanto frió.
Mis primeros pasos se hicieron difíciles pero comencé a sentirme mejor poco a poco, inhalando ese aire puro de montaña, llenándome de toda esa increíble inmensidad. A medida que subíamos comenzaban a aparecer en el grupo los síntomas de la altura y el cansancio  de largas horas de recorrido. Por suerte yo no sentí más que un leve agotamiento.
El perezoso y brillante sol no  asomó en este día por los nublados picos de las sierras mendocinas y,  en cambio, si  acariciaron nuestros  rostros ráfagas de viento frió y  diminutas y muy traviesas gotas de agua nieve.
Luego de algunas  horas montaña arriba, entre piedras y nieve blanda, un andar lento pero continuo y pocas y muy breves paradas, fuimos llegando a la cima.   Pisamos aquella cumbre con absoluta  energía, felices. Enormes sonrisas, cálidas, dibujaron  un sol en aquel cielo nublado; Abrazos, besos y felicitaciones, fotos y banderas: Todos estábamos arriba!!!
Comenzamos a descender aún con la idea de hacer cumbre en el Adolfo Calle pero  debido al  clima que   empeoraba con rapidez decidimos regresar al campamento y recuperar fuerzas para el siguiente  día que sería  más exigente. Se hacia sentir el agotamiento físico y no todos saldríamos  hacia el  próximo objetivo: Mi primer 5.000. Para muchos lo sería!.
En aquel cielo oscuro, sobre las sierras, una única estrella acompañó nuestros primeros pasos hacia el Franke. Brillaba intensa, de un color diferente, inusual.
Las primeras  horas fueron terribles y yo recordaba a cada paso los dolores y golpes de mi rodilla derecha, ya bastante exigida durante el pasado descenso.
El amanecer nos distrajo un poco: notable, mágico, encantador… pero el agotamiento no cedía. Esta vez si veríamos al sol asomar aunque   unas revoltosas nubes decidirían acompañarnos hacia  arriba.
Fue  entonces que  comencé a escribir estas líneas en mi mente y  casi sin darme cuenta, sin sentirlo, mi cuerpo comenzó a relajarse y el aire entró ya plenamente en mis pulmones.. sonreía.  Volvía a sentir la energía y las ganas, la fuerza dentro mío. El cansancio dejo espacio a la alegría, al entusiasmo, al absoluto goce de cada paso hacia lo más alto del Franke; la naturaleza rodeándonos y yo respirando profunda libertad.
Hicimos una parada más que para descansar, para llenar nuestros ojos de ese recuerdo inmejorable de un paisaje lleno de magia: a lo lejos, en lo alto, un dorado  Sol; hacia abajo un revoltoso manto blanco de nubes que simulaba un oleado y bien salado mar.
Desde allí y hasta la cumbre disfruté de cada instante, invadiéndome de esas montañas, gozando, Feliz! El cansancio era mucho y otra vez aparecían en el grupo aquellos dolores,  nauseas,  ya tan conocidos en las alturas, mas nuevamente agradecí no tener ningún síntoma, ningún malestar más allá del agotamiento que jugaba alocado con toda nuestra energía.
Si que fue largo el Franke, muy largo, y recién de muy cerquita pudimos avistar la cumbre que se hizo desear a lo largo del camino. Allí estaba por fin posando hermosa y radiante ante nuestros ojos que brillaban detrás de oscuros lentes negros.   Alrededor   de las 14 horas fuimos llegando los primeros al pie de las últimas piedras que nos dejarían treparlas para pisar con ganas nuestra cima. Adri me abrazo con un entusiasmo que compartía.
Aunque el espacio de aquella cumbre era reducido nos acomodamos haciendo malabares mientras disfrutábamos de aquel paisaje infinito, único. El objetivo estaba alcanzado. Mi primer 5000 bajo mis pies, un nuevo sueño cumplido,  el viento acariciando mi rostro, una enorme sonrisa, una inmensa y plena libertad.
Nos colocamos las polainas pues la nieve ya era mucha y, para el descenso, nos esperaba un  largo y entretenido  pedrero.
Luego de algunos imprevistos, al campamento base llegamos ya entrada una noche oscura pero muy estrellada. Nuestros compañeros de grupo nos esperaban con un cálido abrazo y una riquísima sopa que devolvía algo de calor a nuestros cuerpitos; escucharon con alegría nuestros relatos, mientras esperábamos a estar todos de vuelta. La jornada había alcanzado ya unas 15 horas. Mucho!
Tarde nos fuimos a dormir un sueño que nos costaría bastante a algunos. La ansiedad y el fuerte viento estaban empeñados en mantenernos despiertos aquella noche, repasando cada instante vivido y, por que no,  sosteniendo con la mente los sobretechos agitados de nuestras carpas que sonaban enfurecidos. Amanecimos  y con dificultad desarmamos el campamento. El sol por fin había salido y nos iluminaba con mucha fuerza esa mañana, pero el viento celoso soplaba cada vez más fuerte. A las 11 horas emprendimos nuestro regreso al centro de ski, felices. Llegamos con tiempo para que algunos pocos decidiéramos llevarnos una yapita: El Andresito.
Luego si, camioneta a Mendoza, almuerzo de tarde en la terminal, duchas y micro de regreso a Buenos Aires.
Cuatro días intensos, hermosos.  Días de montaña soñados… VIVIDOS!!!