Llullaillaco. El volcán sagrado de los Incas

Llullaillaco. El Volcán Sagrado de los Incas. 6739 m.s.n.m.

Vacilando y aún desconociendo a que recóndito lugar del planeta me llevarían esas palabras, acepté aquella propuesta. Deseaba estar en la montaña. Volver y volver.  Solo esa sensación era cierta, real, conocida. Quería sentir la libertad de esas inmensas figuras rozando mi piel. No importaba el lugar, el clima, el desafío. Había dicho que si.

El Llullaillaco y un invierno en la puna salteña. Y cómo llegar. A dónde dormir camino al campamento base. La aclimatación. El equipo.  Los Incas. Aquellas momias. La ruta arqueológica. Nuestro camino. El tiempo transcurría de prisa mientras nos hacíamos de toda la información necesaria para los días de aventura que nos estaban aguardando inquietos allí en donde el viento sopla y gira al golpear con ese solitario y místico volcán.

Solicitando los permisos de rigor y por medio de la directora del MAAM (Museo Arqueologico de Alta Montaña) hicimos contacto con un grupo de gendarmes que se ofreció a estar a nuestra disposición ante cualquier inconveniente, además de proponernos compartir el ascenso. En tan desolado sitio era esta una excelente propuesta y una buena y única posibilidad de comunicación. Concordamos entonces nuestro encuentro en el campamento base con tres de ellos, previo contacto en San Antonio de los Cobres

Pocas veces había estado en las montañas durante el último año y nunca había ido por una expedición hacia una cumbre de más de 6.000 metros de altura.  Y esa falta de experiencia se abrazaba a unas alocadas  ganas de aprender aún más del misterio de esas cumbres de las que ya tanto había aprendido… Ir más allá para sentirme más y más cerca; Andar más alto para sentir aún mucho más profundo.

Un poco más tarde de lo inicialmente planificado, y  luego de altas y bajas en el grupo, partimos finalmente Adrián, Marcelo, Alcides y yo   rumbo a Salta capital.  Todo estaba ya organizado pero el destino esperaba por nosotros impaciente con un único plan: romper con lo establecido.

Un calido sol nos recibió en Salta. Si, la linda! Dejamos nuestro abultado equipo en un hostel del centro en donde pasamos aquella noche de sábado: cuatro petates, mochilas de mano, un tubo de oxígeno y 2 barriles para transportar más de 120 litros de agua hacia el campamento base debido a que no es posible obtenerla en aquel remoto y poco accesible sitio situado en el corazón del desierto de Atacama. Luego de adquirir las provisiones necesarias para llevar a cabo nuestro objetivo fuimos por un breve recorrido turístico que incluyo una visita al MAAM. Allí comenzamos a sentir nuestros días en la puna. Nos empapamos de la historia de esos niños de otra época y aquellos ritos. Los vimos…sus pequeños cuerpitos momificados desafiando el paso de los años. Observamos cada ajuar. Y mientras nos sumergíamos en la vida de aquella grandiosa civilización incaica e imaginábamos las ruinas que pronto atravesaríamos, repasábamos y fijábamos cada detalle que podría sernos de utilidad en esa “ruta arqueológica” hacia la cumbre.

Antes de la cena nos reunimos con la persona a quien habíamos contratado para que nos trasladara en un vehiculo 4×4 adecuado hacia el pie del volcán, allí nos dejara y nos fuera a buscar en la fecha acordada. Nuestra relación con él empezó mal y termino mucho peor. No vino solo. Lo acompañaban el dueño de la camioneta y un montañista salteño. En aquella breve reunión nos trato poco menos que de inconscientes e inexpertos. Quizá con el afán de vendernos algo más que el servicio que ya habíamos pagado nos hablo de la locura que nos traíamos en mente y, mostrándose atento y preocupado, nos cambió al chofer por el montañista experimentado que se quedaría todo el tiempo con nosotros. Le hicimos saber que solo necesitábamos el transporte y llegar a destino oportunamente aunque no nos opusimos pues una persona conocedora de la zona y con experiencia en montaña y un vehiculo permanente parecían una buena opción.

A la mañana siguiente nuestro experto chofer, Matías, paso a buscarnos en una Nissan Patrol roja que anduvo sin inconvenientes poco más de media hora. Apenas pasado ese tiempo, en medio de la Ruta Nacional Nro. 51, comenzó a recalentar y tuvimos que detenernos. Y luego otra vez y otra más. Hacia calor. Marcelo dejo por un momento su cámara fotográfica para socorrer al chofer que sabía mucho de montañas pero poco de mecánica. Mientras tanto Adri nos convidaba galletas y queso y yo iba por agua para la camioneta con la ayuda de Marce. Llegamos así, lentamente, entre paradas y paradas, a Santa Rosa de Tastil, un pequeñísimo pueblo ubicado entre la Quebrada de las Cuevas y la Quebrada del Toro, a unos 3.200 m.s.n.m..Allí finalmente la camioneta se detuvo. Bajamos nuestro equipo y conversamos con la gente del lugar. Nos ofrecieron comida y un lugar para dormir, evitándonos así acampar.

Matías partió rumbo a Salta en busca de ayuda y con la intención de regresar en la mañana siguiente. Nosotros probamos unas ricas empanadas salteñas y salimos a dar un paseo por las ruinas arqueológicas de Tastil. Era necesario para nuestra aclimatación que comenzáramos a movernos.

Durante la noche, en la oscuridad de aquel salón, me sobresaltó un fuerte estruendo. Alguien golpeaba con fuerza la puerta, algo descarriado…quizá ebrio. Mientras intentaba adivinar que ocurría allí afuera, respiraba ondo intentando volver del susto que me había dado. Los chicos continuaban sumergidos en su mundo onírico apenas percibiendo tal bullicio, pero a mi me costo bastante volver a conciliar el sueño. Se sucedieron los minutos y las horas y por fin la noche volvió a callarse y, deambulando en ese profundo silencio, volví a dormir.

Despertamos temprano y ocupamos las mismas sillas y esa misma única mesa en aquella única calle de Tastil, que la tarde anterior. Y esperamos. El único teléfono del pueblo no funcionaba y jamás había habido señal de telefonía celular. Esperamos sin nada que hacer más que esperar, pero la camioneta no apareció. Nuestro plan de aclimatación era bien preciso en esos primeros días pues no sobraba el tiempo. Debíamos subir a dormir a San Antonio de los Cobres a unos 3.700 m.s.n.m esa misma noche y así lo hicimos. Cargamos todos nuestros petates en un micro de línea y partimos. Llegamos pasado el mediodía, buscamos un hostel y un lugar para comer. Marcelo se contacto con el señor de las camionetas y luego fue en compañía de Alcides a informar a los gendarmes de nuestra llegada y combinar los horarios, pero nadie más iba a subir con nosotros: nuestro contacto estaba de licencia por un imprevisto familiar. Volvíamos a ser cuatro.

Por la tarde apareció Matías pero esta vez con una Toyota verde carrozada sin portaequipajes. Las posibilidades de que nuestro equipo completo entrase en aquel vehiculo eran mínimas pero era lo que había y de alguna manera lo resolveríamos durante la próxima mañana. Recorrimos San Antonio de los Cobres, compartimos una rica cena y volvimos al hostel. Me fui a recostar mientras en el comedor los chicos viajaban por las muchas montañas del mundo por las que algún día habían andado Adri y Matías.

Despertamos y con esfuerzo y algo de maña cargamos la camioneta. Aún los barriles andaban vacíos y facilitaban la tarea. Íbamos un poco apretados pero íbamos.

La intención en aquel día era caminar un poco por la altura para favorecer nuestra aclimatación, así es que nos detuvimos en medio del recorrido y pateamos un rato. El camino precioso, se abría entre montañas y salinas. Verdaderamente impresionante!

Por la tarde, siguiendo la ruta 27 y más allá del Salar de Pocitos, llegamos a Tolar Grande, el último pueblo en el que habíamos planificado dormir. La altura no varia demasiado respecto a la de San Antonio de los Cobres pero ya estábamos si más cerca de nuestro objetivo. Dormimos en la habitación de una casa de familia en aquel pueblo alejado y silencioso en el que algún teléfono lleva y trae todos los saludos y las noticias, aún no terminan de colocar la antena para celulares y la luz solo se mantiene encendida hasta la medianoche. Un grupo de mendocinos trabajaba en estudios geológicos por aquel entonces y la gente del lugar vivía al ritmo de las minas. El “tío” Marce disparaba sus flashes. Yo conversaba con los niños. No faltaban los mates y los cuentos. Un gran momento!

Por fin partíamos, luego de un abundante desayuno, hacía la nada misma. La idea para éste, el cuarto día, era buscar un sitio para dormir a unos 4.200 m.s.n.m. Nos vimos obligados a dejar los barriles cargados de agua en Tolar. Matías volvería por ellos.

Seguimos andando por salinas y caminos de montaña. Vimos unas pircas, luego otras pero avanzamos un poco más. Dejamos atrás Caipe y entonces, un poco más allá, apareció frente a nosotros una increíble estación de trenes abandonada en la que aún podían sentirse las vibraciones de otros días: Chuculaqui. Abandonada pero viva fue un lugar de privilegio para aquella noche en la montaña. Esas oficinas de algún tiempo nos albergaron, nos protegieron del viento. El sol continuaba brillando fuerte. A lo lejos unos improvisados arcos de futbol a medio caer traían el eco de un partido viejo. Las vías. Los carteles. Nuestros sueños.

Armamos las carpas dentro de las habitaciones. Recorrimos. Observamos. Anduvimos. Pasamos el tiempo. Toda esa energía era buena. La absorbimos. La noche era estrellada y tranquila. Descansamos bien a pesar de nuestra ansiedad y de la altura.

A la mañana siguiente Matías vino por nosotros temprano acompañado por un guía de Tolar Grande a quien no habíamos contratado. Para poder trasladar todo nuestro equipo a la base del Volcán Sagrado de los Incas eran necesarios dos viajes. En el primero partimos Adri, yo y casi todo los petates, comida y barriles de agua. A Marcelo, que pasaba su primera vez a esa altura, le vendrían bien algunas horas más en movimiento allí por los 4.200 m.s.n.m.

Comenzamos a andar esos caminos áridos y vacíos. Varias huellas se abrían a nuestro paso y en todos los sentidos. Íbamos por una ruta aunque cuesta creer que lo fuera (no recuerdo su número). Veíamos al Llullaillaco asomar erguido y desafiante. Bordeamos inmensas salinas… subimos. Debíamos ir rumbo al campamento base de la ruta arqueológica, a 4.900 m.s.n.m. Un poco más abajo Matías se detuvo indicándonos que habíamos llegado. Nuestro GPS no decía lo mismo así que le pedimos que continuara subiendo. Anduvimos un poco más, entrecruzamos opiniones y aunque nuestro punto de GPS no coincidía con ese sitio, ambos lugareños insistían en que nos encontrábamos a escasos metros del campamento. Esa camioneta no podía subir más y ya habíamos alcanzado unos 4.980 m.s.n.m. Tan convencidos estaban que desconfiamos de nuestro waypoint y allí nos quedamos. Ellos pegaron la vuelta y con Adrí nos miramos, recorrimos con la vista nuestro inmenso alrededor, desolado, vacío; observamos nuestro equipo y comenzamos a andar en busca de algún lugar reparado para acampar. Poco había, pero a unos cien metros encontramos una piedra que pareció oportuna; mas cuando terminamos de armar la carpa, el viento que ya soplaba bien fuerte cambio su rumbo y nos dejo algo expuestos, sorteando los petates que habíamos utilizado para repararnos. Estaba bien de todas formas y allí nos quedamos. Con esfuerzo trasladamos el resto de los bultos y nos metimos en la carpa. La intensidad de ese momento golpeo profundo en mi interior. Estábamos allí, por fin, rodeados de una inmensidad tan infinita, tan solitaria. El ruido fuerte del viento alcanzándolo todo, acariciando cumbres y tierra. El caluroso color de las piedras. Montañas silenciosas, libres.

Para los chicos tampoco fue fácil encontrar un buen lugar para dormir, y el viento los complicó bastante al momento de armar su carpa. Les rompió una varilla que afortunadamente pudo ser reparada con una especie de protección y se mantuvo firme y en pie.

La camioneta ya se había ido y allí estábamos. Nos quedamos absolutamente solos. Nos teníamos tan solo a nosotros mismos y así sería durante varios y largos días. Una sensación hermosa recorrió mi cuerpo. Una libertad tan profunda….tan auténtica. No meditar en esas montañas hubiese sido imposible. La Nada… Todo.

Dormí bien esa noche, aunque no demasiado. Necesitaba moverme, cansarme para dormir más. Estábamos alto y hasta ahora nos llevábamos bien con la altura. Sabíamos que un día más a unos 4.200 metros hubiese sido oportuno, pero por el momento no lo sentíamos. Solo Marcelo había tenido un leve dolor de cabeza, aunque nada de que preocuparse.

Para el siguiente día no había planes. Solo estar allí, a esa altura y aclimatar. Salimos con Adrián a dar un paseo que hicimos más largo y más alto de lo previsto. Nos sentíamos bien, muy bien. Yo había dormido por primera vez a casi 5.000 metros y mi cuerpo respondía sin inconvenientes. La alimentación y la hidratación eran buenas. Descansamos. Mateamos. Disfrutamos y Dormimos.

Despertamos en una ventosa y soleada mañana. Dudamos, pero estábamos tan inquietos y enérgicos que decidimos comenzar a subir. Tarde desarmamos el campamento, seleccionamos comida y, sin llevar agua arriesgándonos a encontrar nieve arriba, fuimos en busca del campamento 1 que, según nos habían indicado los lugareños, se encontraba escondido hacia la izquierda, detrás de un promontorio y cerca de un glaciar. Sin embargo, al poco tiempo de haber salido, Adrián comenzó a hacerse hacía la derecha. Se detuvo a esperarme y cuando llegué me dio la gran noticia: no estábamos en el campamento base ni aquel era el campamento 1. Nos habían dejado del otro lado de la montaña. El GPS indicaba que la ruta arqueológica se hallaba a unos seis kilómetros pero en otra dirección, tal como lo habíamos supuesto a nuestro arribo. Hacia el lugar que Adri me indicaba volví mi cabeza. Vi un inmenso macizo allí, entre nosotros y el sitio hacia adonde ahora nos dirigíamos. Con intenciones de sortearlo y alcanzar el campamento 1, continuamos andando. El viento soplaba muy fuerte y comenzaba a cansarme. Entonces decidimos acampar en un lugar intermedio. Adrián encontró un buen sitio y con nieve al alcance de la mano. Allí nos detuvimos. Él armo la carpa y yo derretí suficiente nieve para procurar tener liquido. Estaba feliz y me sentía realmente bien. Estábamos a unos 5.500 m.s.n.m. y no sentía nada más que una profunda pasión y mucha emoción. Mi cabeza jamás había dolido y ningún síntoma había aparecido. Me sentía con mucha fuerza, con mucha energía.

Un poco más abajo Marce si se enfrentaba a los síntomas de altura. Venía lento y cansado y con dolor de cabeza, así es que conversando por los intercomunicadores coincidimos en que era conveniente que ellos buscaran un lugar para acampar allí en donde se encontraban y concordamos volver a comunicarnos bien temprano, en la siguiente mañana.

No sé si era el lugar perfecto aquel pero era precioso y muy cómodo. El viento, aunque fuerte, parecía más tranquilo allí arriba que en nuestro errado campamento base. Rodeados de algunas piedras, con una vista inmejorable, tan cerca de nuestro sueño, se volvía ideal. Solo Marce nos preocupaba, pero había llegado bien hasta allí. Esperábamos que pudiera pasar bien la noche.

Bastante me costo conciliar el sueño. Me deje llevar por los misterios de una inquieta mente. Recorrí ese lugar, ese momento, mi pasión por las montañas y cómo había llegado hasta ellas; mi primer cumbre y la siguiente, y otra más. Meditando me relajé… comencé a soñar. Dormí.

Desperté sin dolores y sin síntomas. La idea era si entonces movernos hasta el campamento 1, que no nos llevaría demasiado tiempo. Desayunamos bien y, mientras lo hacíamos, esperábamos a que se hiciera la hora acordada para comunicarnos con los chicos. Fue Alcides quien nos hablo por el intercomunicador y nos paso un informe desalentador y preocupante de la situación en que se encontraba Marcelo. Había pasado muy mal la noche, con vómitos permanentes; continuaba mal y no podía siquiera pararse. Dado la gravedad del asunto ambos guardamos en la mochila únicamente la pluma y la bolsa de dormir, y nos fuimos de prisa hacia abajo dejando allí el resto de nuestro equipo. Nos separamos para encontrar lo antes posible el sitio en donde habían acampado. Íbamos rápido y muy preocupados. Por fin los vimos y casi corrimos hacía la carpa. Los chicos aguardaban adentro y por fortuna, aunque lamentábamos no habernos evitado tal susto, la situación no era la que imaginábamos. Dividimos en nuestras mochilas vacías su equipo. Adrián comenzó a descender y yo lo espere a Marce para salir. Alcides se quedo desarmando la carpa.

El viento soplaba muy fuerte para entonces, nuestra carpa había quedado arriba y no habíamos podido cortar los petates para repararnos durante esa futura noche y vivaquear. Adri y yo debíamos emprender nuevamente el ascenso en ese mismo momento.

Partimos dando dura batalla al viento. Por momentos debía detenerme para no caer empujada por su saña. Soplaba fuerte. Mis piernas estaban cansadas y, aunque no me faltaba el aire, no podía aumentar el ritmo de mi marcha. Iba lento. Cada vez más. Estábamos alto y la altura se dejaba sentir. Comenzaba a agotarme pero hacía esfuerzos por continuar. El clima empeoraba y unas desafiantes nubes asomaban rápidamente detrás de la cumbre del volcán. Debíamos apurarnos, no detenernos…caminar.

Llegué muy cansada luego de tal esfuerzo allí arriba. Bajar rápidamente para volver a subir en el mismo día a aquella altura y enfrentando fuertes ráfagas de viento me había hecho desperdiciar mucha energía. La cabeza me dolió apenas por primera vez en las montañas, pero por suerte tan solo un ibuprofeno fue suficiente.

Adrian llego justo a tiempo para evitar que nuestra carpa se volara. Y yo justo antes de que comenzara a nevar. Otra vez a derretir nieve, sosteniendo las varillas pero esta vez agobiados. Cuando nos recuperamos, el viento había aflojado un poco su abrupta marcha y, aunque la nieve continuaba cayendo, el clima se mostraba más amigable de lo que habíamos temido. Por un instante todo alrededor se tiñó de blanco, contrastando con los áridos colores del paisaje que nos envolvía.

Esa noche si que dormimos. Y a la mañana siguiente, aunque cansados, desarmamos el campamento y partimos por fin rumbo al campamento 1. Alcides partía desde el base a juntarse con nosotros en el campamento y compartiríamos con él la carpa. Marcelo se quedaba en el base pero se sentía bien y había pasado una buena noche.

Cuando estuve lista para salir ni siquiera imaginaba cuan cansada me hallaba. Pero en cuanto comenzamos a caminar y a subir noté que algo más de lo que suponía. Lamenté no haber entrenado como debía, aunque también era cierto que, de no haber sido por los desafortunados acontecimientos, aquella cumbre hubiera sido muy distinta. Ni siquiera estábamos en la ruta correcta. Y el viento no nos daba tregua, aunque aquel día….ese en el que hubiéramos intentado la cima de no ser por los imprevistos de la jornada anterior, se presentaba tranquilo.

Por momentos creo que tan solo me deje llevar. Solo pensaba en caminar pero tenía pocas fuerzas, aunque muchísimas ganas. Quería llegar. Subíamos y subíamos y esperábamos no tener que descender demasiado para volver a subir más allá. Pero llego el momento de bajar.

Por fin aparecieron a lo lejos algunas ruinas en el camino que de cerca jamás veríamos y, luego de una bajada un tanto complicada a juzgar por mi cansancio, llegamos al campamento 1 de la ruta arqueológica: “La laguna congelada” que, como es costumbre, estaba seca. De todas maneras había suficiente nieve para derretir allí arriba. Estábamos casi a 6.000 m.s.n.m. Y allí, en ese encuentro con la ruta que habíamos planificado… allí donde por un instante sentimos que aún era posible y que, a pesar de todo, nos encontrábamos en camino… allí donde la cumbre era real a pesar del cansancio, del esfuerzo, del clima…allí donde sabíamos que lo haríamos…alli un despiadado destino nos sorprendió una vez mas: Ya no teníamos varillas para nuestra carpa y la elevada altura, la noche, el frio y el viento nos espian amenazantes. Había que moverse de prisa. Adrían no vaciló. No se detuvo. Con una rapidez que aún me asombra y mientras yo, una vez más, juntaba nieve para derretir, armó unas pircas para protegernos del viento, colocó los bastones de pie, levantando un agitado sobretecho sostenido por piedras. Hoy pienso en lo que pudo ser, mas en ningún instante sentí miedo o preocupación. Aprendí. Era mi mi primer vivac y a casi 6.000 metros… mi primer noche a esa altura.

A Alcides le habíamos indicado que volviera al base y no se arriesgara, ya que aún estaba a tiempo y no habría lugar para uno más. En aquel improvisado refugio en el que apenas entrábamos, comimos poco. Encendimos el calentador y, al tiempo que amainábamos con el fuego el frío, bebimos algo caliente para recuperar más calor. Cansados, nos entregamos a esa noche en la altura mientras escuchábamos casi crujir al sobretecho bien cerca de nuestras rostros. Con la mente intentábamos sostenerlo. Se movía, golpeaba contra el viento… Deseábamos que resista un poco más. Y resistió.

Al despertar luego de esa noche de vivac en las alturas, agotados y envueltos en un fuerte viento que no estaba dispuesto a ceder, decidimos hacer a un lado nuestro intento de cumbre y descender para recuperar. Para mi aquí se esfumaban las esperanzas de pisar esta vez lo más alto del Llullaillaco.

Juntamos nuestras cosas y descendimos. Una vez en el base costo buscar un lugar reparado para nuestro próximo vivac. Las horas no nos corrían demasiado esta vez… aún era temprano y entonces la cabecita de mi compañero no trabajaba tan de prisa como la tarde anterior. Nos reíamos de eso. Y entre divertidos y agotados…sorprendidos por todo lo sucedido y resignados, armamos nuestro siguiente refugio.

El viento, al que ya nos habíamos acostumbrado pues no había dejado de acompañarnos jamás, soplaba más fuerte allí que arriba. El ruido que hacía ese cubre era insoportable. Pero muy a pesar de la situación, de los inoportunos hechos, de todo lo vivido…o quizá gracias a eso, estábamos de muy buen humor. Habían sido días de intensa aventura. Yo había aprendido mucho y ya me llevaba bastante de aquel volcán, pero no lo suficiente.

Durante el día siguiente descansamos, tomamos mates, comimos bien. Recuperamos fuerzas. Disfrutamos del sol. Padecimos el viento. Repasamos los miles de reclamos que teníamos para el señor que habíamos contratado con la intención de que nos dejara en el campamento base de la ruta arqueológica camino a la cumbre del Llullaillaco, en el que jamás ni cerca estuvimos. Entre reproches y risas, divertidos y enojados, pasamos aquel día.

El siguiente era el último día en aquella montaña. Aunque en silencio, las esperanzas de una cumbre no se hallaban perdidas. Deseaba que fuera así y sentía que así sería.

A las cuatro de la mañana Adrían decidió partir hacia la cima. El viento, casi como avalando aquella acertada decisión, había dejado de soplar. Afuera una oscura noche que había sido de hermosa luna aguardaba sin ansiedad. Nos pusimos de acuerdo en las comunicaciones y en los posibles horarios y partió hacia la cumbre del Llulllaillaco desde el campamento base. Lo esperaban más de 1.700 metros de desnivel, pero él sabía que podía hacerlo. Y yo sentía que iba a hacerlo.

A las nueve salí de nuestro refugio y anuncié a los chicos que Adrián se encontraba camino a la cima. Nosotros desayunamos y partimos en busca de algo de comida que no habíamos podido evitar dejar arriba. Subimos entonces hasta los 5.500 metros, recogimos todo y antes de las cinco de la tarde (horario en que debía encender el intercomunicador y recibir noticias desde más alto), allí a lo lejos, pude ver que alguien descendía con pasos pesados, cansados…Y aunque no podía asegurarlo, imaginé que sonreía.

Caminé hacía ese lugar y con una felicidad absolutamente compartida le dí un fuerte abrazo. La expedición era ahora si un éxito: Aunque no la pise, teníamos esa cumbre. Y aunque me quede con muchas ganas y sé que volveré por ella, la sentí un poco mía.

Una hermosa e intensa montaña y más días vividos con el alma en las alturas…allí donde el viento sopla cuando golpea con aquel desafiante volcán.

Y aunque la expedición ya había alcanzado la cumbre, el destino continuaba con ganas de jugar y la aventura aún no finalizaba. La camioneta que debía venir por nosotros en aquel viernes nunca llego y, a cambio, y bastante más tarde, vimos a lo lejos detenerse a otra. Era la camioneta de la municipalidad de Tolar. Como no era 4×4 debimos caminar demasiado cargando todo nuestro equipo hacia abajo. Al pueblo llegamos ya bien entrada la noche. Por suerte, nos esperaban con comida lista. Ya nos dolía el estomago del hambre y disfrutamos de los dos platos que nos ofrecieron en aquella casa de familia. Allí, en aquel pueblo alejado y silencioso, la gente había estado rezando por nosotros pues el viento jamás había dejado de soplar y las ráfagas alcanzaban los 80 km por hora.

Y como si fuera poco, rumbo a San Antonio de los Cobres partimos en el mismo vehiculo remolcando a una tercer camioneta que había venido a buscarnos pero que jamás llego, averiándose en el camino. En San Antonio de los Cobres nos recogió la misma Nissan Patrol roja en la que habíamos partido desde la capital salteña aquel primer día, cuando aún ni imaginábamos cuan ingenioso e inquieto nos aguardaba nuestro destino.

Quería sentir la libertad de esas inmensas figuras rozándome y así fue. Esa sensación de estar haciendo en la vida eso que he venido a hacer me envuelve en una felicidad tan plena, infinitamente auténtica. La eterna magia de la naturaleza, tan inmensa, se vuelve parte de mi en cada ascenso. Y me atrapa la libertad de las más intensas cumbres. Y son mis sueños. Un instante. Momentos. Es mi pasión. Cada aventura en mi vida hace de mi vida toda una aventura… Y es así como quiero vivir: Libre! Con el alma! Sintiendo!

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Una respuesta to “Llullaillaco. El volcán sagrado de los Incas”

  1. Andrés Espíndola Says:

    Hola: Me gusto el relato. Barbaro. ¿tenes waypoints para GPS?
    Saludos
    Andres

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