El Origen – Mi primer carrera de montaña

EL ORIGEN 2017 – MI PRIMER CARRERA DE MONTAÑA

Cuando volví por ellas mi vida toda dio un vuelco absolutamente  inesperado…como aquella caída en la nieve de hace años, de pronto me encontré dando vueltas hacia abajo intentando instintivamente detener la caída, golpeando. Cuando por fin logré hacer equilibro y yacer quieta sobre ese manto blanco,  alcé mi mirada hacia aquellos filos no olvidados: desafiantes, anhelados, otra vez mirándome a la cara. Me sentí infinitamente viva, fuerte, golpeada, dolida, pero absolutamente viva. De pie y sabiendo que podía volver a tropezar una y otra vez, comencé a andar hacia arriba sin dudarlo, hacia mis sueños, hacia esas cumbres que aguardaban en silencio volver a ser alcanzadas. De pronto sentí una fuerza, una energía que el tiempo había guardado, pero que latían muy profundo dentro mio. Y sin más propósito que el de ir hacia lo alto, hacia adelante, hacia mis metas con amor y pasión, pude sentir como  el miedo había dejado de paralizarme… Libre, tan libre como el viento en las montañas, comencé a andar por esos senderos de otros años, y por senderos nuevos, acertando, errando, aprendiendo… cayendo y volviendo a levantarme. La fuerza se hizo más fuerza en la subida…como el viento cuando crece hacia lo alto.

Y en ese andar buscando hacia un lado y hacia otro, jugando entusiasmada con las paradojas del destino, al perderme me encontré y  fui descubriendo nuevos sueños y sueños no alcanzados…

Hacía tiempo que miraba de reojos a las carreras de montaña, pero tantos años sin correr se volvían excusas y silencios… pasiones aquietadas. Sin embargo algo había cambiado en estos días en que había vuelto a entrenar, a  disfrutar de las horas de cuestas, fondos y pasadas en el Way. Y había logrado más de una vez sorprenderme a mí misma en carreras con resultados y desempeños que antes parecían poco probables . Empujada en parte por el destino y por gozar hermosos días con mis compañeros del Quilmes Way  para no extrañar tanto a mi hijo Rami que viajaba, me anote en El origen 2017, mi primer carrera de montaña.

Tantas veces había armado equipos de expediciones a alguna montaña, pero esto era de alguna manera muy  nuevo para mi. Con ansiedad pero absoluta calma me prepare para unos días de aventura en el sur. Expectante, de a ratos rara, feliz, confiada…

Nos juntamos en Bariloche con los más de treinta corredores del team Quilmes Way que ese mismo martes partimos rumbo a Villa La Angostura dispuestos  a dejarlo todo desde la largada, encabezados por Sil y Catry (Silvia Ardiz y Catriel Sarry). Enormes sonrisas escondían sueños, miedos, desafíos y ganas.  Entre mates y anécdotas fueron pasando las horas de unos hermosos días hasta darnos cita en el Centro de Convenciones de Villa La Angostura para la primer charla técnica.  Alito Luchini, director de la carrera, nos contaba entonces sobre un recorrido que prometía desnivel, acarreos, algún col, cumbres, ríos, paisajes… verdadera montaña, en una sala colmada de ansiedad y remeras camufladas.   Nuestras zapatillas de trail se preparaban para transitar por el Co. Becker, el Co. Bayo, la Huella Andina, el sendero del Malalco.

El primer día de carrera amaneció con un clima algo encaprichado que obligó a modificar apenas el trayecto. Llovía fuerte y aunque cedió un poco bajo el arco de largada, ya nos fuimos mojando antes de empezar a correr. Por fin llegó esa cuenta regresiva hacia los primeros treinta y pico de kilómetros que nos llevaban  desde la partida hacia Villa Traful . Durante el recorrido dicen que llovió bastante. Mi cabeza dio tantas vueltas inquieta en esa jornada que, conversando de lo vivido horas más tarde, me miraron extrañados cuando expresé que no había llovido casi nada. Largaba ese día extrañando mucho a Rami y con un sabor un tanto  amargo por esas cosas de la vida, pero feliz de estar ahí. Y los primeros 15 o 20 kilómetros me entretuve intentando soltar un nudo apretado en la garganta que no me dejaba respirar. Entonces lloré y cuando pudo el aire entrar firme a los pulmones, decidí que era una carrera larga y que podía entregarme ahí mismo o salir a buscarla de una vez. Aún faltaba mucho. Muchos corredores habían pasado a mi lado y los había visto alejarse mientras luchaba conmigo misma en esas primeras horas, pero reducir  los tiempos de ese día iba a dejarme algo mejor posicionada para lo que vendría después… Así que comencé a correr con ganas y empecé a conectar a unos y a otros dejándome llevar con entusiasmo por esa Huella Andina, cruzando arroyos fríos una y otra vez, sorteando enormes árboles que en otro tiempo habían observado aquel sendero de pie. Me sentía tan bien, tan renovada, tan entera que apenas podía creerlo. Hacia el final los cuádriceps comenzaron a doler, a acalambrarse y costo algo el último descenso,  pero el arco se encontraba ya muy cerca. Llegué y para mi enorme sorpresa, en el tercer puesto de la general damas de esa primera jornada.

No sabía cómo era esto de correr en etapas, con que podía encontrarme al otro día. Qué tanto podían  andar mis piernas. Pero tampoco había corrido antes más de 25 kilómetros y aquí en Villa La Angostura ya llevaba largos treinta y pico, y los había finalizado muy bien. Lo que si  conocía bien era eso de andar al límite del esfuerzo por la montaña durante largas horas y sabía de imprevistos, de incidentes, de complicados ascensos, pero esto era diferente. Con sentimientos encontrados por esos primeros 15 kilómetros en los que quizá podría haber corrido mucho mejor, me sentía  igualmente conforme y feliz, sobre todo por haber podido trascender a ese tropiezo y, como en la vida misma, dejarlo atrás para empujar con más fuerza hacia adelante.

Mientras almorzábamos y esperábamos a los corredores que aún faltaban llegar, la lluvia se dio cita intensa y despiadada. Nos mojamos, nos enfriamos… elongamos poco; y bastante agotados, llegamos al hermoso refugio de Villa Traful. Ducha rápida y algunos mates hasta  la hora de la cena en la escuela de la Villa y la charla técnica para el día siguiente.

Párrafo aparte merecen esa y las demás cenas y almuerzos que compartimos los corredores en la escuela, atendidos con calidez por padres y alumnos a los que la organización ayudaba entonces a  recaudar fondos para su viaje de egresados. Y con sonrisas enormes iban llenando platos y reponiendo nuestras energías con comidas que sabían a cocina de hogar.

La segunda cuenta regresiva  ocurrió debajo de un arco que brillaba por fin a puro sol en el Camping Costa Traful. Y aunque me gustan mucho la lluvia y el barro, recibí  bien el calorcito de ese cielo azul claro. Nos aguardaba desafiante el Co. Negro, con menos kilómetros pero más técnicos y de mayor pendiente que el día anterior. Estaba entusiasmada, tranquila  y concentrada porque las montañas y yo nos conocíamos bien.

Durante  el camino hacia la cima fui ganando terreno, confianza y fuerza… me sentía  estupenda. Avanzaba a toda prisa abriéndome paso hacia la cumbre. Quizá guardando un poco de energía  desconociendo cómo iban a comportarse mi cuerpo y mi mente cuando aún nos aguardaba expectante un día más:  el larguísimo tercer día del Origen. Al llegar al acarreo sin embargo no pude mantener el ritmo y descender como deseaba. Los cuádriceps que dolían desde la jornada anterior  me hicieron bajar con mucho más cuidado que el que hubiese deseado… Y cuando el descenso se hizo un poco menos pronunciado, trotando sin tener corredores a la vista, me deje llevar hacia el arco de llegada bastante más lento de lo que hubiese podido hacerlo. Podría haber pagado caro ese descuido  pero para mi todo fue absoluto aprendizaje, y al llegar confirmé que continuaba en la tercera posición entre las damas. Feliz.

Ese día disfrutamos del sol y de los mates a puro Way.  Elongamos en la playita, compartimos baños de agua bien fría para recuperar las piernas.  Más mates, anécdotas, risas y sueños hasta la hora de la cena y la última charla técnica. Nos fuimos a dormir con el equipo preparando  y convencidos que aún nos aguardaba el día más duro del Origen 2017. Iba a ser largo, con ascensos y descensos pronunciados…cruce de arroyos, senderos trabados… todo…un poco de todo.  Y nuestros cuerpos traían a cuestas los largos kilómetros de las jornadas anteriores. Pero sabíamos también que iba a ser a todo o nada y que se trataba del esfuerzo final.

Nos acarició el sol a la mañana, anunciando otra hermosa jornada. Los que corríamos 100 km nos adelantamos hacia el camping para ser trasladados a la largada en el Hotel Alto Traful. Llegamos con el tiempo justo así que sin entrada en calor, nos dimos la mano unos a otros debajo del arco mientras se escuchaba casi como un eco en las laderas: vamos eh! Con todo! Ya estamos!

Largué aún mejor que los días previos. Me sentía más confiada, con menos dudas… y quedaba solo el tramo final para realizar  nuestro máximo esfuerzo. Iba rápido en los primeros kilómetros de running por las calles de Traful cuando, aún cerquita de la largada, mi bolsa de hidrogenación se rompió en mi espalda y sentí el líquido recorrer mis piernas  a toda prisa, y con él, mis sueños y mis ganas. No me detuve… avance un poco más. No sabía qué hacer. Pasado el cuarto kilómetro aproximadamente frené y analice la situación: no tenía casi líquido pues se había derramado, pero decidí reparar con cinta la bolsa para poder conservar lo poquito que aún  quedaba. Afirme la caramañola vacía que hasta entonces no había usado pero que esta vez sería de gran utilidad para ir recolectando algo de líquido en los arroyos y volví a correr. En el kilómetros ocho había un puesto de hidratación antes de ingresar por fin a los senderos más lindos y trabados…. Pero no tome líquido  ni llené mi bolsa. Fue un gran error, pero venía recuperando el tiempo perdido y no quería retrasarme más. El pequeño incidente de la bolsa y la poca hidratación hicieron que esta jornada sea tan contradictoria como extraña pues mi cabeza se debatía entre relajarse y dedicarse a disfrutar dejando escabullirse de mis manos ese podio en la general que ya había acariciado, y abrazar ese podio  con todas mis fuerzas corriendo fuerte hacia adelante para pelear por ese tercer puesto que sentía, ya era algo mío. Entonces cada vez que me dejaba vencer, me repetía casi como recitando un verso de manera inconsciente como iba a sentirme si lo dejaba escapar por tan solo un minuto; y entonces volvía a correr aún con más ganas. Y así fueron avanzando los kilómetros apenas perceptibles,  y llegue al pie de la trepada hacia el filo, hacia la cumbre, hacia donde anhelaba estar. Como siempre, subí con ganas, recuperando más tiempo que en los senderos, pero aún bastante alejada de quien ocupaba el cuarto lugar. Llegue rápido a lo alto pero tuve que esperar unos minutos por un inconveniente con la cuerda que debía utilizarse en el tramo final. Luego seguí avanzando con ganas y comencé el descenso sintiéndome muy bien… Después mi mente volvió a jugar un poco entre mis ganas y mi entrega… pero asi, kilómetro a kilómetro, llegue al puesto de hidratación. Esta vez sí, comí, me hidrate y seguí.  y cuando aún creía que faltaba largo rato (mi reloj se había detenido a mitad de camino), escucho que a tres kilómetros ya estaban la costa y el tramo final. Atrás habían quedado la Huella Andina, el col 3 Nacientes, el Co Buol, el imponente Cajón Negro. Casi me sorprendió la meta distraída por mi cabeza entre quieta y agitada… y por fin vi la costa y las piedras y el arco de llegada. Esa no había sido mi mejor jornada pero lo había conseguido. Con errores y aciertos…aprendiendo pisada tras pisada, sin entregarme, sobreponiéndome con fuerza y esfuerzo me había subido al podio, mi podio: tercer puesto  en la general damas en El Origen 2017, mi primer carrera de montaña.

Solo Rami falto  esperándome en la llegada para que sea pura felicidad… Tantas veces aguardando yo  con ansias detrás del arco y ahora, otra gran paradoja de un destino inquieto: ese era mi arco y allí estaba sola. Pero rápido me rodearon los brazos de los poquitos corredores del  team que ya habían llegado, Catry, Marcos. Y después, en cada llegada, en cada abrazo, me sentí profundamente completa y feliz, rodeada de hermosas personas, amigos, compañeros de aventuras y de sueños… de ese hermoso grupo del Way.

Nos quedamos allí aguardando largas horas  a pesar del cansancio y el frío hasta que llegue  el último de los más de treinta corredores del Quilmes Way que nos habíamos dado  cita en Villa La Angostura para correr El Origen 2017 con distintas metas, objetivos, sueños  y desafíos… Y me animo a decir que todos nos trajimos a casa junto a la medalla de finisher, mucho más de lo que habíamos ido a buscar.

 

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