Volcán Walther Penck (6.758 m.s.n.m.) -2019 – Escrito en las montañas

Se acercaba el final del 2018 y yo me preparaba para ir nuevamente hacia mis sueños, hacia mis montañas. Los últimos días en Buenos Aires sucedían a toda prisa con las corridas laborales, y los preparativos de la expedición que nos traíamos en mente: ascender el Walther Penck en Catamarca, una de las 10 montañas más altas de América, con sus 6.658 m.s.n.m. Para mi este era el comienzo de un proyecto a futuro, un sueño más. Para Adri (Adrián  Sánchez) la conclusión de un enorme proyecto: cumplir su sueño de “2 x 10”: ascender por segunda vez las diez montañas más altas de América.

Rami, mi pequeño hijo montañista de casi 5 años, con su sensibilidad y su pasión, siempre lo vuelve todo más fácil, casi como si entendiese que extrañarlo para mi es el desafío más complicado en cada expedición: él me ayudaba con el equipo y los detalles del ascenso, y  sentados lado a lado,  investigábamos juntos la cartografía y pocas ascensiones del volcán, cargábamos puntos en el gps y nos entreteníamos con hermosas fotos de los seismiles de Catamarca. Afilábamos grampones, revisábamos carpa, logística y resto del equipo.

El día 28 de diciembre finalmente partimos los veintitantos miembros del Centro Andino Buenos Aires que formábamos parte de esta expedición hacia las tierras catamarqueñas para encontrarnos en la plaza de Fiambalá, la llamada puerta a los seismiles, el sábado 29 por la tarde. Entre los integrantes del equipo había estudiantes de segundo año de ICABA que debían rendir su salida obligatoria a una cima de más de 6.500 m.s.n.m.,  con la ansiedad de saber que solo en el punto más alto  aprobarían la materia,  pero además, demostrando  actitudes propias de un buen montañista y futuro guía de montaña. Estaban también quienes venían por su primer seis mil. Y nosotros, que nos proponíamos a alcanzar una nueva cumbre, mientras asistíamos  al resto,  sumando experiencia en esta tan hermosa profesión… mi otro trabajo… este,  que a pesar del esfuerzo físico y las condiciones extremas en las que ocurre, lo recóndito de los sitios en los que nos movemos, los riesgos y las dificultades, es siempre maravilloso. Quizá  solo quienes vivimos la pasión de ascender altas montañas podemos sentirlo, comprenderlo, compartirlo.

En la plaza de Fiambalá ya extraño a Rami pero sé qué él está siempre conmigo y, cómo escuche alguna vez de un gran montañista, pienso en que lo mejor que puedo dejarle a mi hijo es el ejemplo de un pasión,  y  agrego “alas”, para que él un día también vuele libre hacia sus sueños.

Esa misma tarde, después de hacer las últimas compras de comida, partimos rumbo al Refugio Gallina Muerta en donde acampamos dispuestos a pasar nuestra primera noche en altura, para adentrarnos en la montaña a la mañana siguiente, hasta el sitio a donde pudiésemos avanzar con los vehículos. Allí establecimos nuestro segundo campamento, a 3.598 m.s.n.m.

El día 31, último día del 2018,  comenzamos a andar hacia el campamento El Chorro a 3.811 m.s.n.m. Nuestros vehículos de apoyo: un Unimog y una camioneta 4×4 partían por otro camino hacia el campamento base del cerro Nacimiento en donde nos encontraríamos 4 días más tarde.

Debimos caminar unos ocho kilómetros en línea recta (algo más de recorrido real) bajo un calor agobiante, pero el campamento El chorro resultó ser un hermoso lugar. Anduvimos a buen ritmo y llegamos temprano  para udisfrutar de una maravillosa tarde acariciados por el agua fresca, compartiendo mates, picadas e infinidad de anécdotas. Para despedir el año Fernando preparo, con la ayuda de Wally y Agustín, una abundante y deliciosa tortilla de papas que compartimos entre todos. Despedimos el año bajo un cielo estrellado… y a esas estrellas mire para desearte hijo feliz vida siempre.

A la mañana siguiente, la del primero de enero de 2019 partimos hacia el campamento Real de Rasguido, a 4.328 m.s.n.m. Nos separaban unos 14 kilómetros en línea recta esta vez (más de 17 kilómetros de recorrido) por lo que partimos más temprano que el día anterior, con la intención de  aprovechar aunque sea algunas horas un poco más frescas para movernos en la altura. Una vez más llegamos a destino temprano, andando a buen ritmo. Y salvo por algunos dolores de cabeza, todos nos encontrábamos en buenas condiciones adaptándonos a la altura.

Para el próximo día nuestro objetivo era alcanzar el campamento base del Nacimiento, a 5.167 m.s.n.m. y lo hicimos sin mayores inconvenientes pero se hicieron notar algunos síntomas de fuerte agotamiento y altura, debidos tal vez a una forzada aclimatación. Sin embargo estábamos tranquilos pues el  3 de enero tendríamos una jornada completa de descanso para recuperar energías y dar algo de tiempo a nuestra aclimatación. Lamentablemente durante la noche Ale se descompuso y debió ser evacuado en camioneta a toda prisa. Para él aquí terminaba la expedición, pero afortunadamente al descender a Tinogasta ya se sintió mucho mejor,  y posteriores estudios confirmaron que lo habíamos evacuado a tiempo.

Esa larga jornada del 3 de enero la pasamos entre mates y campeonatos de Monopoli, bajo un cielo frío y nublado, hidratando y comiendo, preparándonos para el ascenso. A la noche nos sorprendió Pato (quien había descendido con  Ale hasta Tinogasta) con una pizza y una coca cola helada, convirtiéndose en el delibery más alto e increíble del mundo. Con una felicidad enorme, saboreamos ese manjar, supongo sin precedentes, a esa altura en un sitio tan inhóspito como en el que nos encontrábamos.

El 4 de enero realizamos un porteo hacia el campamento base del Walther Penck a 5.380 m.s.n.m. Tárdanos en llegar solo 3 horas, y luego de armar el campamento, preparamos unos mates para permanecer expuestos un par de horas más a esa altura. Volvimos temprano y continuamos disfrutando de una linda tarde en el campamento. Al día siguiente teníamos una nueva jornada de descanso,  así que no había apuros… era nuestro el tiempo para disfrutar de toda esa inmensidad.

El 5 comenzó siendo un día de descanso bastante ameno. El viento solo apareció caída la tarde y nos acompañó un cálido sol. Pero nuestras agitadas ganas de ir por esa cumbre lo convirtieron en una jornada eterna. Compartimos mates, comidas y hasta un flan con dulce de leche… juegos, cuentos y recuerdos de otras ascensiones… pero las horas parecían no avanzar. El tiempo parecía haberse detenido con el firme objetivo de enseñarnos a esperar.

Durante la noche anterior Julián había tenido fuertes ataques de tos. Intentó recuperarse pero al caer la tarde, y debido a su baja saturación y su estado de salud, debió descender acompañado por Adri. Algunos de nosotros esperamos inquietos, sin poder descansar, el regreso de Adrian que llego pasadas las 2 de la mañana, listos para acudir ante cualquier emergencia.  Le compartimos algo caliente y nos apresuramos a meternos en las carpas mientras la noche afuera lucía ventosa y fría.

El viento no dio tregua esa noche… y tampoco lo haría durante la jornada siguiente, ni en las demás. Había decidido quedarse a nuestro lado, hostigándonos tal vez con la intención de volvernos cada vez más fuertes, más conscientes. Él no quería hacernos renunciar. Tal vez solo quería que todos nuestros sentidos estén allí, en nuestros pasos hacia algo tan inmenso. Buscaba nuestra plena atención sin distracciones hacia nuestro sueño. Y aprendimos del viento.

A las diez de la mañana de un 6 de enero envuelto por fuertísimas ráfagas de nuestro nuevo amigo,  partimos hacia el campamento base del Walther Penck. Antes nos despedimos de Jorge (Jorge Vitón)  con enorme emoción. Mis ojos se llenaron de una felicidad, una emoción que no pude ni quise contener. Había llegado el momento y por fin partíamos hacia nuestro objetivo.

Llegamos pasadas las 13 horas al campamento base del Walther Penck, agotados por darle batalla a un despiadado vendaval que no tenía intenciones de ceder. Armamos las carpas y nos dispusimos a descansar todo lo que no habíamos podido hacerlo la noche anterior. A partir de ahora cada jornada sería intensa hasta la cima.

El 7 de enero trasladamos nuestras carpas al campamento CABA, a unos 5.735 m.s.n.m. En el ascenso Nancy se descompuso y algunos debimos permanecer un poco por debajo de esa cota, en un buen sitio. El camino hacia la cumbre sería para nosotros apenas más extenso, pero esa hora adicional,  expuestos al frío de las últimas horas de la noche hasta el frío amanecer, se harían sentir durante el largo día de cumbre.  Una vez listo el campamento improvisado, preparamos algo de comer y nos encomendamos a la larga y tediosa tarea de derretir nieve para poder hidratar y cocinar (sabríamos después que más arriba, en el campamento CABA habían encontrado agua líquida). Tarde nos fuimos a dormir, con el corazón palpitando al compás de nuestro anhelo, las pocas horas que aun restaban para las 4 de la mañana.  Y tendríamos poco tiempo para desayunar, ultimar los detalles de nuestro equipo y salir hacia la cumbre, pero lo habíamos repasado mentalmente algunas veces y estábamos listos.

Por fin el día de cumbre había llegado. Era 8 de enero de 2019. Saltamos a toda prisa de nuestras confortables bolsas de dormir. Encendimos el calentador y mientras aguardábamos por algo de mate, nos equipamos y comimos. A las 5 estábamos preparados para salir hacia el campamento CABA Wally, Agustín, Fernando y yo (Nancy se quedaba esta vez en el campamento).

Comenzamos a caminar sobre una noche fría. Nos costaba aquietar a nuestros corazones agitados y sedientos, pero fuimos avanzando. Vimos como comenzaban a andar nuestros compañeros del campamento CABA y nos sumamos a la fila, justo detrás de ellos.

Yo, que venían arrastrando un fuerte dolor en la rodilla derecha y una descompostura que no era producto de la altura, pensé en darme la vuelta. Pero acaso alguna vez lo había hecho? Abandonar? No! volví entonces sobre mis pasos y vi que Fer me esperaba y también Wally, y más adelante Agustín.  Y sus miradas me trajeron ese aliento que necesitaba. Y al principio de esa fila de almas inquietas y desafiantes,  sé que mi amigo Adri también me esperaba.

Anduvimos por hermosos neveros y glaciares. Traspasamos la quebrada del Carbón y otros sitios de acampe de más altura, muy pocas veces transitados. Grabamos en  nuestras retinas las siluetas de esas otras montañas.  Fuimos ascendiendo cada metro, avanzando cada paso hacia la cumbre, andando al revés que el viento, con fuerza. Y por fin estuvimos debajo de esa última trepada hacia lo más alto. Estábamos cansados pero sabíamos que en ese abrazo de cumbre, volvía a nuestra esencia la más intrépida energía.

Adri piso por segunda vez su décima cima más alta de América. Y con una felicidad que no se escondía entre su Buff y sus antiparras, nos fue recibiendo a todos en la antesala de su sueño, que también era el nuestro.  Y el abrazo de ese amigo de tantas cumbres me hizo explotar de emoción. Yo ya no podía hablar. Tenía tanto que expresar pero no podía decirlo con palabras. Entonces me dedique a sentir. A sentir toda esa libertad bajo mis pies.  Abrace a cada uno de mis compañeros de travesía. Me senté en lo más alto y respire profundo toda esa inmensidad. Era parte de ese volcán. Y entonces pensé en aquel otro volcán, en aquella otra montaña. Muchos años atrás había sido testigo presencial de la novena cumbre de mi amigo Adrian en su primera vuelta por las diez cumbres más altas de américa: la del Llullaillaco. En su segunda vuelta, me tocaba ser testigo de la décima: la del Walther Penck. Pensé en quienes habían hablado sin saber, tal vez por envidia o frustración, porque no se animaron a ir detrás de sus propias cumbres, las que sean. Pensé en quienes esquivan su destino enfocándose en los pasos de quienes decidimos caminar hacia nuestras metas.  Pensé en mí, en mis distracciones y en mi vuelta hacia las cimas. Pensé en la libertad de vivir cada pasión…cada instante, cada aventura.  Pensé en todos esos abrazos de amigos de cumbres… grandes amigos. Y en Rami, mi hijo, mi luz.

Regresé al campamento junto con Pablo, otro enorme compañero de tantas cimas, recordando las “directísimas” del Co. Mercedario,  felices, agotados, envueltos en una noche que se sentía aún más fría. Apenas caída la oscuridad ya todos los demás habían llegado también. Dormimos profundo y despertamos tarde, acariciados por el viento. Levantamos campamento y comenzamos a andar hacia abajo, hacía el abrazo de Jorge, que nos aguardaba emocionado y paciente. Jorge, que tantas veces había ido por sus propias cumbres, durante tantos años, las más desafiantes y extremas, ahora nos embriagaba con sus aventuras y su enorme experiencia… Y nos esperaba con mate caliente, galletitas con mermelada y la sensibilidad de quien conoce profundo las vivencias en las más altas montañas. Se hizo duro el regreso, pero el esfuerzo se desvaneció en los brazos de Jorge.  Y compartimos todos juntos y amontonados dentro del Unimog un instante sublime, casi mágico, mientras reponíamos energías.

En el campamento base varias carpas  habían sido desgarradas por el mismo viento que nos había enseñado acerca del esfuerzo, de la perseverancia. Y fue muy difícil la tarea de ponerlas nuevamente en pie en medio de aquel temporal implacable para pasar esa, la última noche en la altura catamarqueña.

Al despertar, el viento había cesado.  A nuestros oídos acostumbrados ya a su agotadora presencia les resultaba difícil acostumbrarse a ese nuevo silencio. Festejamos poder levantar campamento y organizar el equipo y los vehículos de apoyo bajo una brisa tan suave que apenas percibíamos.

La mitad de nosotros partimos a pie con intenciones de andar en el día los 40 kilómetros que nos separaban de los autos. El viento volvió a soplar apenas una  hora y media más tarde de abandonar el campamento y nos acompañó hasta el final del camino.  Los demás integrantes de la expedición, debido a algún malestar o agotamiento físico, partían en los vehículos de apoyo, ahora un poco más vacíos que al principio, hasta el punto de encuentro.

Anduvimos casi sin detenernos durante todo el día y a las 22 horas nos abrazamos otra vez, al final del recorrido.

Veintitantas almas inquietas, todos miembros del Centro Andino Buenos Aires y con un sueño en común nos encontramos aquella tarde de diciembre de 2018 en Fiambalá, en la llamada puerta a los seismiles. Diez días más tarde, el 8 de enero de 2019 éramos un poco más libres porque habíamos pisado firme nuestro sueño: habíamos hecho cumbre en el volcán Walther Penck.

 

 

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