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Aconcagua 2009 – Atrapando un sueño!

agosto 4, 2009

Cuando por primera vez allá por el año 2003 la mire a los ojos, apenas perceptible, aquel sueño comenzaba a jugar con la verdad. Había llegado hasta ahí en un paseo turístico con amigas.  Y aunque no subía montañas aún, jure que un día pisaría esa cumbre. Quizá fue entonces cuando decidí vivir apasionadamente las alturas…Quizá fue allí que por fin me cite verdaderamente con aquellas cimas… esas que desde niña habían llamado mi atención…esas que cada vez me invitaban intensamente hacia arriba.

No fue hasta unos tres años más tarde que fui por mi primer montaña, y entonces el  eco de Aconcagua se hizo cada vez más autentico…más cercano, más real.

Culminaba el 2008 y lo hacia de una manera increíble. Estaba viviendo un sueño.  Me sentía tan plena…tan feliz. Ese 2 de enero de 2009 cargué mi abultado petate hacia la estación de ómnibus y  partí junto a mis compañeros de aventura hacía un firme y ansiado objetivo: la cima más alta  de América. Aunque era la primera vez que iba por ella,  no sentía miedo. La respetaba  pero sentía una absoluta seguridad, estaba preparada. En lo más profundo de mi sentía ya esa brisa de la cima.

Llegamos a Mendoza y sin  perder demasiado tiempo,  partimos en la camioneta de siempre hacia Penitentes en donde pasamos la primer noche. Allí ultimamos los detalles de nuestros equipos y  de la organización de una expedición que prometía. Esas líneas intensas hacía el cielo me recibían con la pasión de siempre. Yo estaba tranquila y feliz. Cada instante podía percibirla más y más cerca.

En la mañana del 4 de enero ingresamos por fin al Parque Provincial Aconcagua. Presentamos nuestros permisos de Ascenso en Guardaparques y nos sumergimos en su mundo. Me invadía una energía tan pura…una fuerza tan inmensa…una alegría tan plena. Allí estaba otra vez frente a mi, cara a cara…pero esta vez iba a abrazarla y lo sabía.

Caminamos hacia Confluencia para acampar esa primera noche en la altura. Los controles médicos de rigor informaron que mi cuerpo se adaptaba de manera excelente a sus retos. Y aunque no todos estaban en igual situación, éramos un grupo fuerte.

En la mañana siguiente partimos temprano. Era tiempo de atravesar Playa Ancha… Allí, un extenso camino de meditaciones profundas y pensamientos intensos se abría hacia el cielo.

El centinela nos invito a una tormenta y  pudimos vislumbrar ya desde allí las dificultades de un mal clima,  pero confiábamos en sus nubes pasajeras corriendo al ritmo del viento…Sin embargo la nieve comenzó  a caer.  Acampamos a mitad de camino para el día siguiente continuar  hacia Plaza de Mulas, esa “ciudad” de altura…el campamento base de mi sueño.

Llegamos temprano, armamos las carpas y esperamos al resto, mientras las nubes ya traían noticias difusas de un conocido accidente. Así nos daba la bienvenida este Aconcagua:  Un grupo de Italianos había equivocado el camino al volver de la cumbre con un guía Argentino. La cantidad de muertos y los detalles de aquel accidente que hacía aún más denso el aire en las alturas, eran difusos, inciertos. A todos nos invadía una extraña sensación, pero yo no sentí miedo. El clima empeoraba pasado el mediodía mientras los días opacaban el sueño de inquietos montañistas. Se dificultaba cualquier intento de rescate pero se sabía que desde arriba, alguno de ellos informaba sobre su posición y el estado del grupo; estaban vivos. Del guía ya se decía que padecía edema y que no se salvaría. Una Italiana había fallecido y el resto aguardaba la caricia de un milagro. Entonces, aunque el clima no daba tregua, el rescate comenzó a sentirse en la ladera de la cumbre más alta de América. Muchos preparaban equipos y se embarcaban en un agotador y exigente intento de bajar a alguno de ellos con vida.

Nuestro grupo se desanimaba y era momento de moverse, caminar en la altura para favorecer la aclimatación.  El médico que me examinó confirmó mis perfectas condiciones, pero para algunos los  oximetros no eran tan generosos. Mientras nuestros corazones agitados no dejaban de latir al ritmo de aquel rescate multitudinario, caminamos hacía la cumbre del Bonete.  Cruzamos penitentes, anduvimos a buen ritmo y alcanzamos la cima antes de que comenzará a nevar. De regreso el clima se endureció otra vez y decidimos regalarnos un momento de pizza y calor en el hotel. Dos montañistas que buscaban abrazarse a una estufa habían descendido sacrificando la cumbre de Aconcagua debido a las condiciones climáticas. Uno de ellos  no tenía ninguna intención de volver a intentarlo; había sido durísimo. El otro aún albergaba la esperanza de otra oportunidad.

En medio de la nieve y empujando aquel viento, partimos hacía el campamento. A lo lejos, en la ladera, podíamos ver el esfuerzo de esos hombres que iban hacía quienes muchisimos metros más arriba, luchaban por su vida. Y cuando se hizo la noche, fueron linternas pintando una oscura montaña de un color que era ilusión, angustia y esperanza.

Fui a la  carpa de servicios de siempre (uno de los únicos teléfonos del base), pero tuve que esperar largo tiempo afuera, con mucho frío. Adentro una Italiana miembro de la expedición accidentada que se había bajado del intento de cumbre y desconocía la situación de sus compañeros y amigos, se comunicaba con su país. Había sido atendida de urgencia en Mulas y se encontraba bien aunque su rostro frío y preocupado me contaba de sus miedos y su experiencia allí, en el sitio hacia el que yo me dirigía.

Con las fuerzas intactas y el sueño en carne viva, jamás se cruzo por mi cabeza dejar de intentarlo. Debía respetar la montaña, si, pero estaba decidida: iba a ir por ella.

Quise saber si ya por aquí algo se decía. No quería preocupar a los míos  y  sabía que para ellos saberme arriba era miedo… y más la certeza de que no claudicaría.

Retrasamos dos días nuestro itinerario. Ningún grupo intentaba la cumbre y nos preocupaba abrir huella a 6700 metros de altura, pero era una idea que no descartábamos; tampoco el salir hacía la cumbre a las diez o doce de la noche para alcanzarla antes de que nos corriera el enfurecido clima. La espera se hizo eterna y silenciosa. Para mi que estaba en condiciones de subir, los días guardada en la carpa comedor de plaza de mulas parecían no tener fin. Los rescatistas habían bajado al primer italiano con vida e iban por más. El clima continuaba empeorando después del mediodía. Habíamos porteado algo de equipo al campamento 1 y aguardábamos inquietos. El helicóptero se movía  agitado y su  ruido traía amarguras y esperanzas desde arriba. Dos Italianos más habían sido rescatados, y aunque con congelaciones, se encontraban increíblemente fuera de peligro. El guía había fallecido. Nada se sabía de la otra Italiana. El rescate se vivía en la montaña como un verdadero milagro.

Al día siguiente por fin partiríamos cuesta arriba. Había llegado ese tiempo.. ese tiempo  en que acariciaría mi sueño de esos días.

Y comenzamos a andar hacía el campamento uno. Aquel 14 de enero varios grupos habían decidido comenzar a caminar, esperando que el clima se abriera aunque más no sea por un instante para dejarnos alcanzar el mismo objetivo.

Con mi pesado equipo a cuestas partí el día 15 hacia Berlín. El último campamento. La subida se hacía cada vez más difícil y por momentos las nubes y la nieve endurecían nuestro anhelo.  Nos empujábamos con fuerza hacía arriba. Llegamos bien, aunque cansados. Y al rato ya estábamos felices y recuperados. Nos alimentamos, nos hidratamos, mateamos y derretimos nieve, mientras esperábamos a los que venían bastante más atrás. Temprano fuimos a dormir. El frío era intenso y  el campamento se sumergía en el miedo de una noche a esa altura… Quizá la tranquilidad de haber dormido ya antes alto a mi me dejaba andar un poco más tranquila. Me sentía bien. Y pensaba en esa piedra que te había prometido.

Pase una buena noche  pero desperté algo engripada. A las cuatro de la mañana habíamos acordado comenzar a caminar hacía la cumbre. Desayunaba y el calor del mate cocido mejoraba mi garganta  mientras afuera un fuerte viento levantaba algunas dudas. Yo me sentía inmensamente feliz… como quien camina el camino que le es propio…como quien se arriesga y se esfuerza por alcanzar un gran sueño… Ese era mi sueño y yo estaba cada vez más cerca de hacerlo realidad; lo estaba haciendo vida. Sabía que sería duro; Que la montaña era una antes y una después del último campamento. Ahora comenzaba la gran prueba… Pero estaba lista. El día más exigente…el gran día comenzaba a vibrar.

Hasta el refugio Independencia el andar fue tranquilo, excepto por algunos entredichos y desacuerdos en el  grupo.  Pero aquel momento tenso de la madrugada  paso sin dejar huella y el clima se hizo amigable  por primera vez.  Al costado del refugio nos hidratamos y comimos poco. Nos colocamos los grampones y partimos. Y aquí comenzaba nuestra osadía.

Del otro lado nos esperaba el larguísimo Portezuelo del viento. Caminábamos dándonos fuerza unos a otros mientras esperábamos que por fin nos iluminara algún rayo de sol. Los dedos dolían por el frío y el agotamiento se hacía sentir. Nuestras almas se invadían de emoción, pero nuestras mentes no podían dejar de pensar en esa temida canaleta que nos esperaba aún más arriba. Yo intentaba estar en ese momento, plenamente,  en cada paso, en ese instante, sin atormentarme con lo que vendría más allá.  Por momentos dejaba andar mi cabeza y pensaba en aquellas personas importantes para mi, en mi vida, en mis sueños, mis recuerdos. Andaba profundo…más profundo cuanto más alto.  Una y otra vez te hacías parte del ascenso y descansando en vos, en mi familia, en mis amigos,  podía continuar. Y así, con fuerza y esfuerzo, llegue al pie de la canaleta.  En aquel sitio nos reunimos solo aquellos que continuaríamos hasta el final. Y poco tiempo después de que llegará el último fuimos por ella. De a diez pasos y con algún corto descanso, fuimos sorteando también aquella parte del camino. Cuando por fin la subí me sentía cansada; Levante la vista y vi esa cumbre que estaba más cerca si, pero desafiante y  aún distante pareció por primera vez difícil de alcanzar.  El filo del Guanaco aguardaba quieto y lo mire sin poder moverme. Un guatemalteco que bajaba me alentó y mirándolo a los ojos, y viendo en ellos su ilusión y su alegría, supe que iba a lograrlo. Sin pensar demasiado  di vuelta y llorando, con los ojos llenos de lágrimas, invadida por una emoción fuerte e intensa, camine y camine dejando mi huella para siempre marcada en  ese  último tramo hacía mi sueño. Recién cuando abracé la cruz del Aconcagua pude dejar de llorar. Una sensación de libertad plena se hizo sangre en mi sangre… y reí. Aún éramos pocos allí arriba. El 16 de enero a las 13.31 horas  se había hecho realidad mi sueño…

Después de fotos y abrazos, lágrimas y risas, me senté algo apartada. Quería estar conmigo misma allí arriba. Quería alcanzarme y alcanzarla y alcanzarte… quería vivirlo todo. Ese momento era único…único y real. Junté tu piedra. Junté la mía. Y me deje llevar. Mucho pudimos disfrutar de esa cima. La montaña nos abrazo…nos dio por fin un hermoso día.

El momento de bajar llegó y debíamos concentrarnos mucho. Gran parte de los accidentes ocurren en el descenso y es fácil comprender el por qué: el cuerpo esta exhausto, agobiado… la mente cansada…Y ahora solo se piensa en llegar al campamento. La alegría de la cumbre en las manos empuja un poco, pero las piernas ya han hecho un esfuerzo grande. Duelen las rodillas y los gemelos, y aunque  las ganas de llegar y gritar a quien pueda escucharte que has alcanzado la cima son muchas,  la cumbre habrá sido un éxito cuando por fin hayas logrado llegar de vuelta a la carpa. Iba adelante de un grupo grande y los llevaba bien. Bajamos la canaleta y cruzamos mucho más rápido el portezuelo del viento que a la ida.  El aire parece si estar ingresando al cuerpo cada vez un poco más.

Todos llegamos bien a Berlín y en algunos minutos yo me sentía recupera y enérgica. Estaba completamente feliz. Espere a que estuvieran todos de regreso, mientras nos organizábamos pues el Colo debía descender en ese mismo momento debido a complicaciones en la altura.

Casi nadie comió esa noche, pero dormimos. A la mañana siguiente desperté muy temprano en medio de un terrible viento. El clima había vuelto a empeorar. Me di cuenta que estaba brotándome sin cesar y tuve que moverme de prisa muy a pesar de las intensas ráfagas. Mi compañero de carpa me ayudo con el equipo y el medico del grupo me aplico un Decadron, mientras desde abajo  me pedían que bajará urgente. Casi corriendo y sin detenerme baje, luchando contra el viento y con la nieve, los muchos metros que me separaban del campamento base. Cuando llegue  el corticoide había mejorado mi estado y solo quedaban pocas ronchas, que se fueron con el correr de las horas.

Me sentia realizada y feliz…plena e inmensamente libre. Porque  es esa la sensacion de haber vivido un verdadero sueño.

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