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Vallecitos – Cordón del Plata. Mendoza (Marzo de 2008)

julio 19, 2008

Extrañaba sus inmensas figuras, sus increíbles filos, su contorno dibujado en un cielo estrellado. Extrañaba caminar bajo la luz de esa enorme luna, el viento golpeando fuerte en mi rostro. Sentirme tan cerca del sol…Su música. Su encanto. Mi mochila.  Anhelaba ir en busca de esa cumbre que es libertad. Deseaba su contacto, toda esa paz.  Hacia varios meses que las montañas y yo no nos fundíamos en ese eterno y profundo abrazo.
Días antes de mi partida había sentido un fuerte dolor en la pierna pero no iba a detenerme. Tenía ganas y me sentía fuerte. Necesitaba estar allí, rodeada de esa naturaleza que se vuelve parte de mi… Inhalar ese aire puro, andar alto.
En el centro de ski Vallecitos, desde donde comenzaría esta vez nuestra aventura, Inés, Ceci, Alcides y yo  nos encontramos también con Jessica que aclimataba desde hacia unos días. Sus compañeros de grupo habían decidido volverse a Buenos Aires y ella continuó con nosotros montaña arriba.
Decidimos  pasar la primer noche en el refugio y, más  descansados del viaje y repuesta toda la energía, partir al día siguiente directo a acampar en Piedra Grande, sin escala en Las Veguitas .
A la mañana siguiente partimos tranquilos. El camino no presenta dificultades y subimos sin desgastarnos innecesariamente. A buen ritmo, con un andar parejo y casi sin detenernos, llegamos temprano a nuestro destino. Antes de armar carpas nos acomodamos para disfrutar del sol y compartimos  mates y risas.
Luego de una noche serena despertamos con ganas de caminar. Volvimos a acomodar nuestras mochilas y salimos rumbo al último campamento: El Salto.
Alcides y yo caminábamos adelante. Cerca nos seguía Inés y un poco más atrás, Ceci y Jessica. El Infiernillo podía ser el único tramo con dificultad. Y si bien a medida que subíamos  los efectos de la altura podían aparecer, yo me sentía excelente.  Las condiciones eran  inmejorables: el sol brillaba con fuerza y su cálido  resplandor nos acompañaba paso a paso. Mientras andaba recitaba ese mantra que había venido a mi mente y me sentía de una manera especial, con mucha Paz.  La conexión era absoluta. Plena e intensa, libre.
Llegamos al pie del Infiernillo y  anduvimos entonces  por ese pequeño tramo que  preocupaba, pero que no fue tan difícil. Con cuidado y ya un poco cansados estuvimos temprano arriba.
El campamento El Salto esta a unos 4250 m.s.n.m. Es cómodo y se deja envolver por la magia de un paisaje eterno. El canto de ese salto de agua tan cristalino y puro relaja, trasciende,  sensibiliza. Podía sentirse también desde allí el eco de esos   cercanos  cerros:  el Franke, el Vallecitos, el Plata, San Bernardo, Mausy, Rincón, el Lomas Amarillas.
Nos sentamos allí mismo,  en el salto de agua,  y desde entonces ese fue nuestro lugar: cenábamos, merendábamos y compartíamos anécdotas y cuentos mientras el agua, acompañada  por el viento,  nos traía el sonido de las montañas, esa música del alma. La veíamos correr suave y limpia, sin prisa pero sin detenerse jamás. Las piedras conservaban todo  el calor que, durante el día, absorbían del sol. Y cuando la noche caía, la luna que para entonces era llena,  iluminaba fuerte.
A medida que avanzaba la tarde al Salto llegaban otros  montañistas  ansiosos de ir por esos picos. Entre ellos, Seba y Gastón, a quienes esperábamos para  ir por nuestro objetivo.
Paciente disfrute de aquel día de descanso aunque estaba con muchas ganas de ir por más y me sentía con mucha energía. Pero inquieta, no pude dejar de dar un paseo por la altura. Sin embargo el clima comenzó a empeorar y decidimos volver pronto.
En la madrugada de ataque a la cumbre nos sorprendió una fuerte sudestada. La nieve golpeaba duro nuestros corazones y,  de boca en boca,  las noticias del pronostico desilusionaban inquietas almas. No podríamos salir ese día y entonces solo quedaría para nosotros  una oportunidad, 24 horas más tarde. (Y hasta aquí lamentablemente llegaba Jessica a quien el micro esperaba para volver a Bs. As. Estaba tan entera para ir por esa cumbre que más de una vez estuve tentada en proponerle el intento. Hubiese sido una locura. Solo un par salieron y rápidamente de vuelta, aunque guías y experimentados, coincidieron en que no se podía. Jessi partió sola hacia abajo sabiendo que la montaña siempre estaría allí)  A pesar de las desalentadas voces que auguraban mal tiempo durante otros 5 o 6 días yo tenía fuertes esperanzas de ver al sol amanecer. Descansamos ese sábado eterno y nevado y a las 3 de la mañana del domingo, desde mi bolsa de dormir, espié un cielo despejado e iluminado por la luna más inmensa que jamás hubiera visto. Ansiosa y feliz me levanté junto con mis compañeros de aventura. Tan solo una hora más tarde,  bien abrigados, comenzamos a andar nuestro día de cumbre. El trekking sería exigente más debido al agotamiento y a la altura que a las condiciones del camino. Y aunque el viento soplaba fuerte,  la luna dio paso a un sol cálido, un compañero muy deseado y mucho más en lo alto, en  aquel filo sin reparo que nos aguardaba inquieto.
Atravesamos La Hoyada y mientras íbamos en dirección al portezuelo Lomas-Plata equivocamos el sendero siguiendo a un grupo con guía. Entonces  la subida se complico y dado que el cansancio comenzaba a sentirse y los ratos de espera me iban enfriando bastante, no me detuve  y me adelante hacia arriba sin perder al resto de vista.  Alcides espero a los demás mientras yo hacía a un lado el  sendero y me apuraba por una especie de canaleta que había encontrado cómoda, rápida y, aunque empinada, poco resbaladiza. Mientras los esperaba, me senté y me deje llevar meditando en esas altas cumbres mendocinas.
Una vez juntos continuamos andando aquella subida que es común para el Plata y el Vallecitos. Y luego, cuando llego el momento de ir directo hacia la cumbre elegida, en aquel increíble lugar, un paisaje enorme e inimaginable dibujo este recuerdo eterno que aún puede ver mi alma…esa sensación tan libre, esa pasión por las montañas recorrió como sangre mis venas; Allí, cubriéndose por el precioso Cordón de la Jaula, asomaba desafiante el Centinela de Piedra: El Aconcagua.
Invadida por esa energía y sintiéndome  tan cerca de lo mas alto del cerro, continué emocionada y  feliz. Aquel filo largo y tantas veces visto del Vallecitos me invitaba hacia arriba y, aunque estaba cansada, casi ni me detuve.
Y esa cumbre fue nuestra. Y este, otro hermoso sueño cumplido.

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